El jefe llamó para decirnos que se sentía mal y que no iba a trabajar. Ante una situación así el segundo al mando debe sacar la casta, asumir el liderato y tomar decisiones que demuestren por qué ocupa el lugar que ocupa:
- Chicos y chicas, nos largamos; el pluma blanca no viene y no veo necesidad alguna de mirarles las putas caras hasta el lunes.
Una lluvia de folios tamaño carta vuela por los aires en una pueril celebración pero los miro ceñudo y se apresuran a recoger todo del suelo antes de partir peleándose la puerta de salida.
Muy maduro todo.
Regresé a casa caminando, como todos los días. Vivir a diez calles te da la oportunidad de estirar un poco las piernas y ahorrar combustible. Recuerdo que no llevé llaves y llamo a mi mujer cuando me faltan unos minutos para llegar. El timbre no funciona y ella pasa el día con los auriculares puestos (Eso o se los pone en cuanto me ve, las cosas no andan bien).
Tal vez le proponga almorzar fuera.
-Cielo, el dictador máximo está enfermo y hemos huído como ratas. En tres minutos estaré en el portal y no tengo llaves.
Ella dijo algo que no entendí y colgó. Un par de minutos después cruzo la última calle que me separa de casa y un loco en una Honda roja por poco me atropella. Quise gritarle algún insulto pero parecía el doble de grande que yo y decidí que era de buen cristiano saber perdonar. De todas maneras iba tan rápido que mientras hacía esas reflexiones ya había desaparecido de mi vista. Calculo que a esa velocidad ya debería estar llegando a los Urales.
En cuanto piso el tapete del portal oigo un zumbido y la puerta se abre al empujarla. ¡Cuánta eficiencia!
Cuando subo ella está en la ducha (O mejor dicho, ella corrió y se encerró en la ducha en cuanto abrió la puerta del departamento), yo me tiro en el sofá a ver las noticias.
La guapa presentadora apenas empezaba a tomar forma en la pantalla cuando suena el timbre.
Me asomo por la mirilla y veo a un desconocido con camisa y corbata que lleva un libro voluminoso en la mano.
¿Mormón, evangélico o testigo de Jehová? No lo sé y no me importa. Pero me gustaría saber quién es el idiota que les abre abajo,
Decido volver a mi sofá pero timbra de nuevo. Mejor lo despacho.
-Buenos días amigo ¿Puedo ayudarle en algo?
-Buenos días señor. He venido a hablarle de Jesús.
-Lo siento compa pero en esta casa somos... sintiempistas.
.¿Eh?
-Gente sin tiempo, amigo. Tenga usted buen día.
Le cierro la puerta riendo de mi estupidez y lo escucho gritar a todo pulmón.
-No me iré sin que me escuche. Es importante que sepa lo que tengo que decirle sobre Jesús.
El hombre calla por unos instantes mientras lo espío por la mirilla, Parece estar reflexionando sobre qué palabras usar. Abre nuevamente la boca y grita:
-¡Jesús tiene una moto roja! Viene a su casa en cuanto usted sale. Quiere todo lo suyo; ya tiene a su mujer y pronto tendrá sus bienes. Acabará con su buen nombre, lo llenará de deudas y mancillará su hogar hasta que se aburra. Como me hizo a mí.
Detrás mío una pálida versión de mi mujer escucha sentada en el sofá y cuando me giro se pone apresuradamente los auriculares.
Durante un par de minutos el hombrecillo aquel se queda parado sin decir nada y finalmente se va.
Sigo mirando como un idiota el pasillo vacío durante un rato y cuando logro reaccionar voy a la nevera y busco una cerveza.
Me siento en el sofá y le quitó un auricular a mi esposa. Ella me mira y le pregunto:
-¿Conoces a Jesús?
jueves, 16 de abril de 2015
miércoles, 15 de abril de 2015
Mi querida Haydée
Desgraciadamente regreso después de tantos días sin publicar, no para traer un nuevo relato sino para llorar la pérdida de mi querida maestra Haydée Guzmán.
Hasta siempre querida.
Mi querida Haydéé que tantas palabras me corrigió, que tanto me enseñó y que tanto me aconsejó sobre la literatura, sobre el amor y sobre la vida misma (Creo que para ella las tres eran una misma cosa); sólo hay un homenaje que puedo hacerle y es seguir escribiendo.
Hasta siempre querida.
lunes, 6 de abril de 2015
Tal vez...
Tal vez no existía.
Tal vez existía y nunca la encontré.
Tal vez la encontré y no la vi.
Tal vez la vi y ella no me vio.
Tal vez me vio y no le interesó lo que vio.
Tal vez ambos nos vimos y desechamos la idea por absurda.
Tal vez existía y nunca la encontré.
Tal vez la encontré y no la vi.
Tal vez la vi y ella no me vio.
Tal vez me vio y no le interesó lo que vio.
Tal vez ambos nos vimos y desechamos la idea por absurda.
sábado, 28 de marzo de 2015
Manchas de sangre
Cuando desperté la cama estaba llena de sangre y había un
cuchillo sobre la mesa de noche. Mi
primer pensamiento fue que alguien había hecho daño a Ángela y durante un par
de segundos mis latidos se detuvieron, pero recordé que estaría en casa de su
madre hasta el jueves y mi cerebro dio la orden a mi corazón para que éste
siguiera funcionando.
Me senté en el borde de la cama, del lado manchado, y el desagradable sonido que
hicieron las sábanas empapadas estuvo a punto de hacerme vomitar. Me dio más
asco que la visión de toda aquella sangre. Me puse de pie y revisé mi cuerpo desnudo aunque estaba
claro que no podía ser mía. Nadie podría tener una hemorragia de ese tamaño y seguir
vivo. Mis manos estaban rojas y tenía algunas salpicaduras en el pecho.
Me obligué a observar detenidamente la escena dantesca que me rodeaba, en busca de pistas.
Me obligué a observar detenidamente la escena dantesca que me rodeaba, en busca de pistas.
La sangre encharcaba todo el lado izquierdo de la cama y el
piso de madera.
-Donde duerme Ángela- pensé con incomodidad. No había rastros que me hicieran pensar que la víctima (¿Mi víctima?) hubiera salido por la puerta o la ventana pero aún así me asomé por ambas. El pasillo estaba impecable y la ventana daba a un tercer piso; en la acera una pareja se besaba sin hacer caso a la persistente llovizna.
-Donde duerme Ángela- pensé con incomodidad. No había rastros que me hicieran pensar que la víctima (¿Mi víctima?) hubiera salido por la puerta o la ventana pero aún así me asomé por ambas. El pasillo estaba impecable y la ventana daba a un tercer piso; en la acera una pareja se besaba sin hacer caso a la persistente llovizna.
Me quedé bajo la ducha observando el agua teñida que se iba
por el desagüe y tras un tiempo que no podría determinar me puse una bata sin
haberme secado antes.
Encendí un cigarrillo y volví a mirar la habitación. No
podía quitarme de la cabeza que de ese lado dormía Ángela. Saqué mi teléfono
del cajón pero no la llamé.
¿Qué iba a decirle, que sólo llamaba para saber si estaba viva?
¿Qué iba a decirle, que sólo llamaba para saber si estaba viva?
Tenía que averiguar qué había ocurrido. De mi lado de la
cama había una botella vacía de vodka que seguramente explicaba mi incapacidad
de recordar.
¿Y si el vodka me convirtió en asesino?
Traté de rebobinar pero no había nada
en mi cabeza más allá del martes cuando despedí a mi mujer con un beso y le aseguré
que no saldría de casa. Haría una súper maratón de “How i meet your mother”.
El teléfono vibró en el bolsillo de la bata y corrí asustado
hasta donde había dejado el cuchillo. Cuando logré tranquilizarme revisé mis
mensajes.
“Acabo de llegar, me había dejado el teléfono. Parece muy
real maldito psicópata jajaja”
Deslicé la pantalla para ver qué había más arriba de todos
los smileys que acompañaban el mensaje de Ralph: Era yo en un grotesco selfie, con
mucha más sangre en mi torso y mi cara que cuando desperté, lamiendo las gotas
que caían del cuchillo; al fondo se veía el armario entreabierto.
No me había fijado pero sí había un rastro en la habitación.
Uno que se detenía frente al armario en el que podía verse la huella roja de mi
mano. La puerta estaba bien cerrada ahora.
Miré nuevamente la foto y esta vez sí vomité. Había sido
enviada a la una de la mañana del día sábado.
Marqué el número de Ángela y su tono de llamada empezó a brotar del armario.
Marqué el número de Ángela y su tono de llamada empezó a brotar del armario.
lunes, 9 de marzo de 2015
Fracaso
He logrado un delicioso nivel de fracaso tan contundente que terminé por hacerme inmune a la derrota. Cualquier nimiedad se ha convertido en un logro y me quedo satisfecho fácilmente.
A nadie desilusiono porque nadie espera nada y consecuencia de eso, nadie sufre por mi culpa.
¡Si hubiera sabido que fracasar produce tanta calma y tanta felicidad habría comenzado a estrellarme contra el mundo mucho antes!
A nadie desilusiono porque nadie espera nada y consecuencia de eso, nadie sufre por mi culpa.
¡Si hubiera sabido que fracasar produce tanta calma y tanta felicidad habría comenzado a estrellarme contra el mundo mucho antes!
domingo, 1 de marzo de 2015
Perversiones ocultas
La puerta se abre de forma tan violenta que Roberto sólo alcanza a gritar con el rostro mucho más pálido de lo habitual. Junto al pestillo que cuelga inútil aparece un rostro colorado por la ira.
El padre de Roberto tartamudea furioso:
-¡Lo sabía, pervertido! ¡Esas demoras en el baño!
-¡No es lo que crees papá!
-¿No es lo que creo? ¿Te atreves a decirme que no es lo que creo?
El padre de Roberto lanza una zarpa a velocidades impropias para alguien de su edad y gordura, arrebata la revista Penthouse a su hijo y lo golpea en el rostro con ella, todo en un solo movimiento que el ojo humano no es capaz de captar. Al menos no el ojo del pobre Roberto.
Roberto observa nervioso como su padre abre la revista por las páginas centrales y saca con gesto triunfal un librito.
-¡Degenerado, maricón asqueroso!
Una nueva tanda de golpes cae sobre el chico que llora explicaciones, mientras intenta recuperar los veinte poemas de amor de Neruda.
jueves, 26 de febrero de 2015
Los afortunados
LOS AFORTUNADOS
Somos los afortunados.
Los que no escuchamos nada.
Los que no lo vimos llegar.
Los que no tuvimos tiempo ni de preguntar qué demonios fue eso.
Somos los afortunados.
Puñados de cenizas llevados por el viento.
Los que no nos quedamos en el mundo arrastrando un cuerpo mutilado.
Los que no saboreamos la agonía.
Los que no dejamos una tumba sobre la cual llorar sin poder pasar página.
Somos los afortunados.
Los que no tuvimos tiempo de arrepentirnos.
Los que no escuchamos sermones sobre nuestras almas sucias.
Los que no nos quedamos esperando un salvador.
Somos los afortunados.
Los que ya aprendimos que no hay nada más allá, porque no hay más allá.
Los que descubrimos que es un solo strike y estás fuera.
Los que nunca escribimos esto que tú no estás leyendo.
Somos los afortunados.
Los que no escuchamos nada.
Los que no lo vimos llegar.
Los que no tuvimos tiempo ni de preguntar qué demonios fue eso.
Somos los afortunados.
Puñados de cenizas llevados por el viento.
Los que no nos quedamos en el mundo arrastrando un cuerpo mutilado.
Los que no saboreamos la agonía.
Los que no dejamos una tumba sobre la cual llorar sin poder pasar página.
Somos los afortunados.
Los que no tuvimos tiempo de arrepentirnos.
Los que no escuchamos sermones sobre nuestras almas sucias.
Los que no nos quedamos esperando un salvador.
Somos los afortunados.
Los que ya aprendimos que no hay nada más allá, porque no hay más allá.
Los que descubrimos que es un solo strike y estás fuera.
Los que nunca escribimos esto que tú no estás leyendo.
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