miércoles, 23 de diciembre de 2015

Feliz navidad

Supongo que un día es tan bueno, o más bien tan malo, como cualquier otro para mandar a una persona a la mierda, pero aún así mi cabeza ofuscada no podía parar de preguntarse por qué habías escogido la primera navidad que pasaríamos juntos.
Me sequé las lágrimas con la manga y supliqué una respuesta. Supongo que técnicamente una carcajada es una respuesta.
Pensé en el árbol en el que descansaban la tablet que querías, el reloj que te vi curioseando hace dos semanas y el anillo de matrimonio que no pude permitirme seis meses antes cuando empezamos a compartir techo tras un frío encuentro de quince minutos con el notario.
El plan de recibir el año con la boda de tus sueños se había complicado ligeramente, me dije con sorna.
Seguí ahí, de rodillas, viéndote lanzar cosas en la maleta mientras me preguntaba qué diablos había pasado y cuándo.
En la planta de abajo se enfriaba la cena: Un pavo tan muerto como lo nuestro. Supongo que tu gélida mirada será mi único postre esta noche.
No pude evitar preguntar si había alguien más. Al principio pensé que no me habías escuchado pero luego contestaste que sí había alguien mas.
Un hombre de verdad, añadiste separando tus manos unos treinta centímetros mientras me lanzabas otra de esas horribles muecas que pretendían ser risas.
Cerraste la maleta como pudiste y bajaste las escaleras resoplando de rabia y esfuerzo.
Soy tan imbécil que me ofrecí a llevarla. Eres tan miserable que aceptaste.
Cuando llegamos a la primera planta el gato se asustó y se bajó de la mesa.
Me quitaste la maleta y abriste la puerta. El polarizado impedía ver al conductor del vehículo que te esperaba afuera, pero no me hacía falta. Cualquiera reconoce el auto de su mejor amigo.
Te giraste para lanzarme las llaves de casa y me dijiste feliz navidad mientras me guiñabas un ojo y dabas un portazo.

Feliz navidad contesté a la nada.

viernes, 9 de octubre de 2015

Miradas

La chica que te gusta, esa que no sabes ni cómo se llama, está sentada frente a ti y una enigmática sonrisilla de Gioconda cruza su cara cada vez que te mira.
De vez en cuando tú, que de reojo no has parado de analizar cada cosa que ella hace, miras hacia el frente y entonces ella ruborizada baja la cabeza y esconde el rostro tras su bonita cabellera castaña.
Si fueras más decidido tal vez ahora estarías charlando con ella, pero no lo eres. También ocultas tu rostro y el juego de miradas huidizas se prolonga un buen rato.
Par de cobardes. Ella algunas veces ha levantado rostro y mano en el gesto universal de quien quiere decirte algo, pero no lo hace.
Incluso se levantó y caminó hacia ti pero prefirió dar la vuelta y volverse a sentar mordiéndose una uña.
Le mandas un mensaje de whatsapp a tu mejor amigo explicándole la situación.
“La tienes en tus garras imbécil, lánzate”, dice el mensaje que te manda como respuesta. El ruidoso mugido de vaca que tienes como tono para los mensajes hace que ella de un salto en su sitio y te mire, una vez más, cubierta de delicioso rubor.
-Lo siento, siempre digo que voy a cambiar el tono de whatsapp- Comentas con voz insegura mientras lees el mensaje.
Por primera vez en tu vida le escuchas la voz y lo que dice te deja al borde de un ataque al corazón:
-¿Me darías tu número?
¿Tu número? Tienes ganas de decirle que le darías hasta la última gota de tu sangre si te la pide. Quisieras decirle que le darías tu alma partida en trozos y envuelta para llevar si es lo que quiere...pero no lo haces. Te limitas a tartamudear los dígitos de tu teléfono después de haber pasado la vergüenza de buscar en tus contactos porque no podías recordar el número.
Ella sin decir nada los ingresa moviéndose con soltura por la pantalla táctil. Durante unos diez minutos escribe y escribe. Los gestos de sus dedos delatan a quien decide una y otra vez borrar todo el texto y comenzar de nuevo. La uña es mordisqueada nuevamente en actitud reflexiva mientras tú observas las maniobras con el corazón en un puño.
-Prométeme algo- Dice ella con voz suplicante.
-Lo que quieras- Contestas tú con más sinceridad de la que han tenido nunca las palabras que salen de tus labios.
-Prométeme que no lo leerás hasta que yo me haya ido.
La perspectiva de su lejanía te rompe en minúsculos fragmentos, pero el mensaje es la esperanza de que sólo sea un hasta pronto así que mueves tu cabeza de arriba abajo de una forma tan enérgica, y a la vez tan patética, que parece que se desprenderá de tu cuello.
Ella toca su pantalla y un nuevo mugido arruina la atmósfera de suspenso.
La chica, más roja que nunca, se levanta de la silla con la cabeza gacha. Con la misma mano de la uña mordisqueada se coloca un mechón castaño para cubrir bien su cara y sale a toda carrera mientras susurra algo que sonó vagamente como “chao”.
Tú observas cumpliendo a cabalidad con tu palabra, cómo aborda un taxi en la esquina. Cuando la mancha amarilla desaparece en el horizonte intentas desbloquear con mano temblorosa la pantalla de tu teléfono pero se cae al suelo y la tapa se sale expulsando a dos metros la batería.
Maldices tu suerte y reconstruyes tu aparato consolándote en que ella no vio la estupidez cometida. Ruegas despacito a todos esos dioses en los que no crees “Por favor que encienda, por favor que encienda...”.
¡Encendió! Saltas y celebras sintiendo que por primera vez en tu vida el maldito Coelho puede tener razón y el universo conspira a tu favor. Al fin lees el mensaje:


OYE TIENES LA CREMALLERA BAJADA :(

lunes, 21 de septiembre de 2015

Roberta Glamour

Unos últimos retoques y ya estaba lista. Ya no era Roberto G (la “G” era de García) como aseguraba la plaquita prendida a la camisa de la que se despojó hacía un buen rato.
Ahora era Roberta G (pronunciado “Yi”, solía decir) y esa “G” era de Glamour.
Fue precisamente así como la presentaron, como Roberta Glamour.
Al escuchar los cálidos aplausos su rostro se iluminó, se acomodó el relleno del sujetador y salió taconeando con sus enormes plataformas al encuentro de sus amados parroquianos.
A pocos metros del escenario tropezó con un colosal saco de plumas y lentejuelas.
La voluminosa Agatha acababa de terminar su espectáculo. Con metro noventa y mas de ciento veinte kilos pocos habrían sospechado que se ganaba la vida imitando a la Pantoja.
Al ver a Roberta; Agatha, a quien cariñosamente en referencia a su enorme talla todos llamaban “maricasauria”, le dio un fuerte abrazo de oso que le sacó nuevamente de su sitio las tetas postizas.
 -¡Rómpete una pata, zorra! -le deseó con una sonora carcajada.
Roberta se acomodó el pecho y salió a realizar su monólogo:
-Estoy aquí, damas y caballeros, porque el salón de espectáculos “La Gata Loca” recibió dos mil quinientos correos electrónicos pidiendo que se me invitara... El público incrédulo le lanzó una mirada de desconfianza. Roberta se rió interiormente y continuó:
-Y los dueños decidieron que una loca que se pone a escribir dos mil quinientos e-mails merece que la inviten...
Todos estallaron estrepitosamente ante la ocurrencia y Roberta supo que ya los tenía.
Continuó hablándoles de su vida mientras se movía con soltura entre las mesas. Les contó que su familia era tan pobre que el último que había probado la carne había sido ella hace quince años en un glory hole.
El público le celebraba cada burrada y un joven rubio, obligado por sus compañeros de mesa, le dio un manotazo en el trasero al que ella respondió con un beso en los labios. El chico se puso rojo de tal manera que Roberta temió por su salud, se levantó y corrió sin parar hasta llegar a la salida mientras entre risas ella le gritaba:
-¡Corre! ¡Corre, Forrest, corre!
Quince minutos después, entre vítores, Roberta desaparecía del escenario.
Se duchó y se puso nuevamente su uniforme de guarda de seguridad.
Volvía a ser Roberto García.
Salió por la puerta de atrás, se topó con varias personas que habían estado en el espectáculo y ninguna lo reconoció, como tampoco lo reconocieron los compañeros del chiquillo del beso que esperaban a Roberta armados con palos. El rubio no estaba con ellos y en cierto modo eso le alivió. No quería pensar que había besado a un homofóbico.
Cuando llegó a la fábrica de conservas que cuidaba en el turno de las tres de la madrugada, le presentaron a su nuevo compañero: el mismo joven de la gata loca.
Carlos, que era como se llamaba aquel chico, no reconoció a Roberta Glamour en su colega.
Tras las presentaciones salieron a hacer la ronda y no habían caminado mucho cuando una enorme mole cruzó la calle.
Maricasauria, aún envuelta en plumas y lentejuelas, se dirigía a su hogar.
Carlos agarró una lata y se la lanzó con rabia.
-¡Maricón!
Agatha no estaba acostumbrada a quedarse callada y le soltó:
-¡Tu madre! -Luego echó a correr tan rápido como le permitían sus tacones.
El joven sacó su tonfa y salió a perseguirla. Roberto decidió que debía hacer algo, pero no sabía qué así que gritó:
-¡Corre! ¡Corre, Forrest, corre!
Carlos se frenó en seco y guardó su porra.
Sin decir una palabra volvió a su puesto procurando mantener cierta distancia de Roberto mientras mentalmente redactaba una solicitud de traslado.

lunes, 31 de agosto de 2015

El ángel

 Todo ocurrió una tarde cualquiera en un semáforo averiado cualquiera. Los vehículos protestaban en una algarabía de pitos e insultos mientras dos taxistas se culpaban mutuamente de un accidente y un policía tomaba apuntes frenéticos en una libretita.
Nadie se dio cuenta de en qué momento apareció, de repente estaba ahí sin más.
Cabello azabache, piernas larguísimas y pechos ingrávidos. Los vehículos dejaron de pitar y hasta los motores parecieron ronronear inquietos ante la presencia sobrenatural.
El policía seguía rayando la libreta sin mirar, el forcejeo entre los taxistas se convirtió en un abrazo acompañado de bocas babeantes, el mimo no pudo evitar exclamar “madre santa”, el abuelo Edgardo recuperó la erección perdida desde mil novecientos noventa y ocho, a dos niños les cambió la voz y hasta juraría que les empezó a salir pelo en la cara, los novios soltaban con disimulo las manos de sus novias y estas en lugar de enfadarse les palmeaban el hombro comprensivas.
“Hemos terminado” dijo Sandra a Daniel quien preguntó sin interés alguno si era porque él estaba mirando aquella extraordinaria aparición.
“No, es que ahora soy lesbiana” replicó ella apartándose.
Los integrantes del atasco se apiñaban en la esquina y un par de autos se redujeron a acordeones sin que sus dueños hicieran nada por evitarlo. Un médico que se dirigía a su casa sacó el fonendoscopio y se auscultó a sí mismo ante una evidente taquicardia. “A la mierda” dijo arrojando el cacharro al suelo y siguió mirando.
Alguien sacó el teléfono con la intención de tomar una foto y aquel ser etéreo se dio la vuelta.
“No te vayas” exclamaron todos en un único grito de sincronización perfecta.
“Yo voy contigo” dijo Daniel abandonando a Sandra quien lo golpeó con el bolso al grito de “Ella es mía hijo de puta”.
El abuelo Edgardo apuntaba a todos, ahora no sólo con su pene, sino también con su paraguas y lanzaba miradas belicosas como si nuevamente estuviera en la guerra de Corea; Vanessa, que había ensayado su femenina voz durante años ahora gritaba con tono de barítono que se alejaran de su chica, el mimo atacaba con una espada invisible hasta que un motociclista lo golpeó con un casco muy real, los ex-lampiños se intentaban sacar los ojos uno al otro y un novio del que nunca supimos el nombre arremetió contra todos usando como arma un tacón de su (ex)novia que rodó por el suelo cuando se lo quitaron.
El caos se abalanzó sobre la esquina hasta que un disparo se impuso por encima de los ruidos apocalípticos de la gresca.
“Quietos todos” gritó el policía con los ojos inyectados de deseo y con voz almibarada añadió “Señorita permítame escoltarla hasta...”.
No supimos a dónde la quería escoltar aquel infeliz, ella se había evaporado.
Todos miraron confundidos a su alrededor y uno que otro hasta buscó debajo de los autos. “Tal vez era un ángel” aventuró uno de los muchachos, que había recuperado la voz aflautada y perdido el vello corporal. “Debió ser eso” comentó Edgardo con el pene mustio.
En la pequeña casa azul justo frente al semáforo alguien había dado un furioso portazo. Esta vez no había podido dar ni diez pasos en la calle antes de que se desencadenara la locura.
Se quitó los zapatos dejando al descubierto unos pies delicados y al agarrarse para mantener el equilibrio se dio de frente con su reflejo, su maravilloso y deslumbrante reflejo.
Le arrojó enfadada un manolo al espejo y se sentó a llorar su maldición. Unas manos perfectas cubrieron su rostro de ángel y las lágrimas rodaron haciendo que se corriera el maquillaje con el que en vano había intentado afearse un poco para poder salir.


jueves, 25 de junio de 2015

El duelo

El duelo duró poco. Ahí estaba Jhon, la réplica más rápida del oeste... derrotado.
El ingenio escondido tras las cortinas, el sarcasmo homeopáticamente diluído, la mirada por el suelo y los brazos reflejando el revés sufrido incluso desde antes de empezar la lucha.
Su contrincante esperaba con la tranquilidad ufana de quien se sabe invencible. La claudicación era inminente y no tenía necesidad de forzar más las cosas.
El vapuleado recoge los fragmentos de su ego y frustrado recita las palabras que lapidarias confirman la rendición:
-Sí, mamá.


sábado, 13 de junio de 2015

La última vez

-Esta vez sí será la última- Roberto lo dijo con la misma convicción y voluntad con que lo había dicho las veces anteriores, y aunque algo en su interior le intentaba explicar que no se dejaba la droga pegándose un último viaje, salió a buscar la que sería su ruina; no una ruina metafórica de un ser que se consumía en la degeneración... bueno sí, esa también, pero la ruina que le preocupaba en ese momento era la  económica.
No le adelantarían más dinero del salario (era probable que más bien lo echaran) y ya no le quedaba nada que pudiera empeñar. Sabía muy bien que los pocos billetes arrugados que poseía los necesitaría para comer pero en ese momento debía calmar un hambre mucho más apremiante.
Tenía justo lo necesario para una visita al único lugar donde encontraría lo que buscaba, así que se fue corriendo a los brazos de su dulce veneno.
Sudoroso y agitado llegó a una puerta destartalada que se abrió antes de tocar.
- ¡My friend!- gritó un negro musculoso con acento inglés poco creíble.
-Hola Freddy. Quisiera...
-Sé qué es lo que quieres. Anda, siéntate.
A un negro de ese tamaño es imposible hacerle una descortesía así que se sentó.
El tal Freddy sacó un porro, lo encendió, le dio un par de caladas expertas y se lo tendió a Roberto quien decidió que después de todo la cortesía tenía un límite.
-Gracias pero quisiera cuanto antes...
-Mira Roberto... Jajaja, no hagas esa cara, sé tu nombre hace mucho... Mira, sé bien qué quieres. Siempre vienes a lo mismo.
Tienes gustos caros, amigo. Más de lo que puedes permitirte a juzgar por tu aspecto. No te ofendas, pero es así. También sé que has estado empeñando de todo para seguir viniendo y eso me preocupa.
-Disculpe pero...
-Sí, piensas que no es mi asunto; pero no eres el primero al que le ocurre y siempre acaban haciendo alguna estupidez. Así que es mi asunto porque la gente que hace estupideces acaba llamando la atención de gente que prefiero mantener con los ojos lejos de mi casa.
Pero me caes bien. Me han dicho que eres un buen tipo. Todo un caballero...
Mira, es mejor que te vayas y olvides que este sitio existe.
-Puedo pagar, no se preocupe.
-Tú dinero ya no sirve aquí. Nunca creí decir esto pero debes irte a otro lugar y buscar opciones más económicas.
-No lo entiende... no puedo ir a otro lado.
-Puedes, pero no quieres. Mira, voy a cerrar este tema de una forma muy generosa: Te regalo una última visita al paraíso. Esta será tu despedida y lo que hagas después no es mi problema, pero lo harás lejos de esta casa.
-¡No puede hacerme esto!
-Claro que puedo my friend. Aprovecha mi arrebato de generosidad y despídete porque mañana la enviaré a otro prostíbulo lejos de aquí.


domingo, 7 de junio de 2015

Lenguaje de signos

En realidad escribí este relato hace tantos años que no recordaba que existía. Me sorprendí al encontrarlo en un viejo hosting donde guardaba cosas y al tiempo me alegré, porque aunque soy un crítico feroz con mis propios relatos, este tiene algo que me gusta.
El lenguaje es bastante "español de España" porque lo hice cuando vivía del otro lado del charco.

Lenguaje de signos

Me esnifé la última rayita y me metí una pirula que no sabía exactamente de qué era. Salí de la habitación con un colocón que sólo una madre es incapaz de ver.
Me preguntó si quería desayunar y le dije que no. Me preguntó si iba a salir para algún lado y le dije que sí. Preguntó entonces dónde iba y en medio de la nube de coca que me envolvía no atiné a contestar nada coherente así que cambié mi respuesta anterior por un no. No iba para ningún lado.
No sé en qué momento sucedió, pero de repente me encontraba comiendo un desayuno que no había pedido.  Es lo que tienen las madres.
La gorda vecina del frente apareció en el salón con rostro preocupado. En realidad siempre tenía la cara como si le acabasen de dar un par de hostias.
Le pidió a mi madre que por favor fuese a buscar a su hija al colegio porque su madre (la de la gorda) se había puesto mala y debía ir a urgencias en seguida.
Mi vieja le dijo que ella tampoco podía ir porque tenía un compromiso ineludible y en ese momento supe, aunque mi madre no me hubiese ni mirado, que la había cagado al decir que no iba para ningún lugar. Intenté escapar disimuladamente pero era tarde, me encasquetaron el marrón a mí y a regañadientes acepté.
Cuando la vecina se largó, me cagué en todos sus muertos y le dije a mi madre que a mí no me metiera en sus follones.
Me dijo que le hiciese ese favor a la vecina; que la hija, esa pobre chica, era sorda y había que ir a buscarla. Pregunté si era sólo sorda o también idiota o paralítica, no podía entender cuál era el puto problema que le impedía regresar sola. Mi madre me miró mal y me dijo que tenía siete años.
Me harté de protestar y me dirigí a la dirección que me apuntó la vecina en un papel mugroso. Cuando llegué aún estaban en clase y me senté a esperar fuera.
La coca se me subía y el desayuno me estaba sentando mal. Los chicos empezaron salir en un silencio que me daba muy mal rollo y comencé a creer que también me había quedado sordo.
Todos usaban signos. Movían las manos en lo que a mí me parecían aspavientos absurdos y se reían con risas inaudibles. Cada vez más estudiantes, cada vez más signos.
Ahora no alcanzo a comprender los motivos, pero lo cierto es que empecé a sudar, esos chicos me ponían nervioso. Eran decenas moviendo las manos, tal vez conspirando para matarme delante de mis propias narices. ¿Ese no había hecho un signo que parecía una pistola?
Agarré una botella vacía que estaba a mi lado y me preparé para lo peor.
Miré la foto de carnet que me habían dado y busque a la niña entre los conspiradores pero no estaba ahí.
Una nueva manada de manos dialogantes cruzó la puerta del cole y de repente me vi rodeado de críos que parecían dar vueltas. Sus rostros se alargaban y encogían mientras sus risas mudas se transformaban en diabólicas muecas.
Las manos se movían; cientos de manos produciendo un sonido parecido al ronroneo de un motor bien afinado, un motor que sólo yo podía escuchar. Pronto el ronroneo se convirtió en un ruido atronador.
Los conspiradores intentaban volverme loco, sin duda era ese su plan. Las manos eran cada vez más amenazantes y su forma de moverse debía ser lo que los sordomudos llaman gritar. Me cubrí los oídos pero el ruido de esas manos taladraba mi cerebro. No aguanté más y les grité:
¡Cállense las putas manos de una vez!
Algunos me miraron durante un segundo y luego me ignoraron. Nuevos movimientos de mano celebraban que por fin había perdido la razón.
Sentí que alguien se aproximaba por mi espalda y sin mirar le aticé con la botella. En medio de la sangre distinguí la cara de la niña de la foto. Descubrí en su mirada que ella sí me conocía a mí de antes.

Solté lo que quedaba de la botella y corrí.