domingo, 14 de diciembre de 2014

Hola Mario

Hola Mario.

Ya sé que es un saludo muy frío para alguien que fue tu mejor amigo durante años pero la vergüenza me impide tratarte con más familiaridad.
Seguramente pensarás, con toda la razón, que hay que tener mucha cara para hablar de amistad después de lo que pasó aunque haya transcurrido tanto tiempo.
Creo que te mereces esa explicación que no te di y que no pediste.
En aquella época teníamos ambos unos veinte si no estoy mal y tú ya empezabas a explorar lo que llamabas “los caminos del señor” mientras que yo tiraba piedras por la causa, escuchaba metal, jugaba videojuegos y  la metía hasta en un toma corriente si podía.
Cuando me presentaste a Raquel fue distinto. Tuve una especie de revelación como si todo lo bueno y lo malo que había hecho en mi vida sólo hubiera sido el camino señalado para llegar a ella. Era todo lo que podía buscar en una mujer: Inteligente, dulce, divertida, culta; rápida e ingeniosa en la respuesta cuando yo soltaba una burrada… y hermosa. Hermosa hasta que me dolían los ojos de mirarla. Que putada que precisamente se tratara de la novia de mi querido Mario.
No seré tan descarado como para decir que fue tu culpa, pero debiste entender que yo estaba loco por ella. Todos parecían darse cuenta menos tú (Y todos me advertían o amenazaban para que no la cagara porque nunca te habían visto tan feliz). Siempre maldeciré el momento en que se te ocurrió que yo era la persona adecuada para ayudarla con sus problemas con la contabilidad.
Ahí estaba ella cada día, escotada y fragante, mirándome y sonriendo. Matándome en definitiva. Yo temblaba como un flan cada vez que su mano rozaba la mía y tuve que salirme del salón solitario (¿Por qué nadie usaba esa zona por las tardes?), y correr al balcón a tomar aire,  cuando me besó la mejilla porque el balance le había dado sumas iguales. Ya me había besado de ese modo inocente muchas veces, pero esa vez no sé por qué la cosa fue diferente.
No sé si lo recuerdas, pero intenté que las lecciones se las empezara a dar Berta. Raquel no quiso y a mí no se me ocurrió una buena excusa para dejar de darle clases, tal vez porque en realidad no quería dejar de hacerlo.
Seguí asistiendo cada día a mi tortura, repitiendo mentalmente el mantra sagrado: Es la novia de Mario, es la novia de Mario, es la novia de Mario…
A veces mientras le explicaba algo, miraba de reojo y  me daba cuenta que Raquel no estaba mirando al cuaderno. Me miraba a mí y yo trataba de convencerme de que simplemente había algo chistoso en mi rostro concentrado. ¿Qué más podía ser si de nosotros tú eras el más guapo y siempre ibas bien vestido? Yo llevaba mis camisetas negras y aquella mochila de indio colgada al hombro mientras que tú, inmaculadamente planchadito guardabas todo siempre en un impecable maletín de piel. Hasta mis compañeros de clases miraban mis viejas “Converse” y mi chivera (infaltable en todo revolucionario de la época) y me preguntaban si era así como pretendía encontrar empleo de contador público algún día.
Así, poco a poco mi infierno personal (Y no intentó dármelas de víctima) se construyó ladrillo a ladrillo y cada clase particular de contabilidad llevaba nuestra antigua amistad a prueba de balas directo al abismo.
Aquella  fatídica tarde, ya casi noche, ella estaba luchando con no sé qué tema y de acuerdo a su costumbre, leía susurrando cada palabra. Yo la miraba totalmente imbecilizado (¿Existe esa palabra?) y algo en mi mente se tomaba cada movimiento de sus labios como una invitación.
De pronto, perdí totalmente mi escaso control y sin pensar en nuestra amistad o en su posible reacción, le agarré el rostro con ambas manos y la besé.
La besé furioso de que no fuera mi novia. La besé sabiendo que me partiría la cara y luego iría a decirte que me la partieras tú. La besé y en ese momento no me importó nuestra amistad, no me importó que Raquel también era mi amiga, no me importó que yo estaba saliendo con Berta, no me importó ninguna maldita cosa en este mundo, compadrito.
Entonces me di cuenta que ella me correspondía el beso. Ella acariciaba mi cabello casi al rape y entre beso y beso susurraba “ya era hora”. La abracé y acaricié su rostro mirándola como preguntando “¿Ahora qué mierda hacemos?”
En ese momento oí tú voz.
No sentí la puerta del salón, sólo escuché tu voz rota, tu voz desgarrada de dolor. Me hubiera gustado que me rompieras el alma a patadas pero tú no eras de esos, siempre fuiste el mejor de los dos. Con esa voz triste que nunca podré olvidar, dijiste sólo tres palabras que quedaron grabadas a fuego. Tres palabras que demostraban cuánto daño te había hecho esa persona que había sido tan importante en tu vida:
-Tú no, Jhon…
Saliste del salón y yo quise ir detrás tuyo pero Raquel me detuvo. “Déjalo, es mejor así” me dijo. No pudimos besarnos más, ni hablar de lo ocurrido o de lo que iba a ocurrir ahora, mucho menos pudimos seguir estudiando. Nos quedamos en silencio, sin mirarnos, a dos metros de distancia y separados por un muro de hielo invisible.
No volví a acercarme ni a ella ni a ti. Dos semanas después ella salía con aquel flaco de derecho (No recuerdo el nombre). Mucha gente preguntó por qué ya nunca nos veían juntos y creo que ninguno de los tres contó jamás la verdad.
No sé si es cierto, pero años después alguien me dijo que te habías casado con Berta y que tenían una niña hermosa. Me alegro mucho por los dos.
No había pensado en todo esto durante años. Hasta hoy que te vi entrando en esa bonita casa azul y escribí esta carta que nunca tendré cojones de meter por debajo de la puerta.

Tu amigo, bueno, examigo.


Jhon

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