miércoles, 23 de diciembre de 2015

Feliz navidad

Supongo que un día es tan bueno, o más bien tan malo, como cualquier otro para mandar a una persona a la mierda, pero aún así mi cabeza ofuscada no podía parar de preguntarse por qué habías escogido la primera navidad que pasaríamos juntos.
Me sequé las lágrimas con la manga y supliqué una respuesta. Técnicamente supongo que una carcajada es una respuesta.
Pensé en el árbol en el que descansaban la tablet que querías, el reloj que te vi curioseando hace dos semanas y el anillo de matrimonio que no pude permitirme seis meses antes cuando empezamos a compartir techo tras un frío encuentro de quince minutos con el notario.
El plan de recibir el año con la boda de tus sueños se había complicado ligeramente, me dije con sorna.
Seguí ahí, de rodillas, viéndote lanzar cosas en la maleta mientras me preguntaba qué diablos había pasado y cuándo.
En la planta de abajo se enfriaba la cena: Un pavo tan muerto como lo nuestro. Supongo que tu gélida mirada será mi único postre esta noche.
No pude evitar preguntar si había alguien más. Al principio pensé que no me habías escuchado pero luego contestaste que sí había alguien mas.
Un hombre de verdad, añadiste separando tus manos unos treinta centímetros mientras me lanzabas otra de esas horribles muecas que pretendían ser risas.
Cerraste la maleta como pudiste y bajaste las escaleras resoplando de rabia y esfuerzo.
Soy tan imbécil que me ofrecí a llevarla. Eres tan miserable que aceptaste.
Cuando llegamos a la primera planta el gato se asustó y se bajó de la mesa.
Me quitaste la maleta y abriste la puerta. El polarizado impedía ver al conductor del vehículo que te esperaba afuera, pero no me hacía falta. Cualquiera reconoce el auto de su mejor amigo.
Te giraste para lanzarme las llaves de casa y me dijiste feliz navidad mientras me guiñabas un ojo y dabas un portazo.

Feliz navidad contesté a la nada.

viernes, 9 de octubre de 2015

Miradas

La chica que te gusta, esa que no sabes ni cómo se llama, está sentada frente a ti y una enigmática sonrisilla de Gioconda cruza su cara cada vez que te mira.
De vez en cuando tú, que de reojo no has parado de analizar cada cosa que ella hace, miras hacia el frente y entonces ella ruborizada baja la cabeza y esconde el rostro tras su bonita cabellera castaña.
Si fueras más decidido tal vez ahora estarías charlando con ella, pero no lo eres. También ocultas tu rostro y el juego de miradas huidizas se prolonga un buen rato.
Par de cobardes. Ella algunas veces ha levantado rostro y mano en el gesto universal de quien quiere decirte algo, pero no lo hace.
Incluso se levantó y caminó hacia ti pero prefirió dar la vuelta y volverse a sentar mordiéndose una uña.
Le mandas un mensaje de whatsapp a tu mejor amigo explicándole la situación.
“La tienes en tus garras imbécil, lánzate”, dice el mensaje que te manda como respuesta. El ruidoso mugido de vaca que tienes como tono para los mensajes hace que ella de un salto en su sitio y te mire, una vez más, cubierta de delicioso rubor.
-Lo siento, siempre digo que voy a cambiar el tono de whatsapp- Comentas con voz insegura mientras lees el mensaje.
Por primera vez en tu vida le escuchas la voz y lo que dice te deja al borde de un ataque al corazón:
-¿Me darías tu número?
¿Tu número? Tienes ganas de decirle que le darías hasta la última gota de tu sangre si te la pide. Quisieras decirle que le darías tu alma partida en trozos y envuelta para llevar si es lo que quiere...pero no lo haces. Te limitas a tartamudear los dígitos de tu teléfono después de haber pasado la vergüenza de buscar en tus contactos porque no podías recordar el número.
Ella sin decir nada los ingresa moviéndose con soltura por la pantalla táctil. Durante unos diez minutos escribe y escribe. Los gestos de sus dedos delatan a quien decide una y otra vez borrar todo el texto y comenzar de nuevo. La uña es mordisqueada nuevamente en actitud reflexiva mientras tú observas las maniobras con el corazón en un puño.
-Prométeme algo- Dice ella con voz suplicante.
-Lo que quieras- Contestas tú con más sinceridad de la que han tenido nunca las palabras que salen de tus labios.
-Prométeme que no lo leerás hasta que yo me haya ido.
La perspectiva de su lejanía te rompe en minúsculos fragmentos, pero el mensaje es la esperanza de que sólo sea un hasta pronto así que mueves tu cabeza de arriba abajo de una forma tan enérgica, y a la vez tan patética, que parece que se desprenderá de tu cuello.
Ella toca su pantalla y un nuevo mugido arruina la atmósfera de suspenso.
La chica, más roja que nunca, se levanta de la silla con la cabeza gacha. Con la misma mano de la uña mordisqueada se coloca un mechón castaño para cubrir bien su cara y sale a toda carrera mientras susurra algo que sonó vagamente como “chao”.
Tú observas cumpliendo a cabalidad con tu palabra, cómo aborda un taxi en la esquina. Cuando la mancha amarilla desaparece en el horizonte intentas desbloquear con mano temblorosa la pantalla de tu teléfono pero se cae al suelo y la tapa se sale expulsando a dos metros la batería.
Maldices tu suerte y reconstruyes tu aparato consolándote en que ella no vio la estupidez cometida. Ruegas despacito a todos esos dioses en los que no crees “Por favor que encienda, por favor que encienda...”.
¡Encendió! Saltas y celebras sintiendo que por primera vez en tu vida el maldito Coelho puede tener razón y el universo conspira a tu favor. Al fin lees el mensaje:


OYE TIENES LA CREMALLERA BAJADA :(

lunes, 21 de septiembre de 2015

Roberta Glamour

Unos últimos retoques y ya estaba lista. Ya no era Roberto G (la “G” era de García) como aseguraba la plaquita prendida a la camisa de la que se despojó hacía un buen rato.
Ahora era Roberta G (pronunciado “Yi”, solía decir) y esa “G” era de Glamour.
Fue precisamente así como la presentaron, como Roberta Glamour.
Al escuchar los cálidos aplausos su rostro se iluminó, se acomodó el relleno del sujetador y salió taconeando con sus enormes plataformas al encuentro de sus amados parroquianos.
A pocos metros del escenario tropezó con un colosal saco de plumas y lentejuelas.
La voluminosa Agatha acababa de terminar su espectáculo. Con metro noventa y mas de ciento veinte kilos pocos habrían sospechado que se ganaba la vida imitando a la Pantoja.
Al ver a Roberta; Agatha, a quien cariñosamente en referencia a su enorme talla todos llamaban “maricasauria”, le dio un fuerte abrazo de oso que le sacó nuevamente de su sitio las tetas postizas.
 -¡Rómpete una pata, zorra! -le deseó con una sonora carcajada.
Roberta se acomodó el pecho y salió a realizar su monólogo:
-Estoy aquí, damas y caballeros, porque el salón de espectáculos “La Gata Loca” recibió dos mil quinientos correos electrónicos pidiendo que se me invitara... El público incrédulo le lanzó una mirada de desconfianza. Roberta se rió interiormente y continuó:
-Y los dueños decidieron que una loca que se pone a escribir dos mil quinientos e-mails merece que la inviten...
Todos estallaron estrepitosamente ante la ocurrencia y Roberta supo que ya los tenía.
Continuó hablándoles de su vida mientras se movía con soltura entre las mesas. Les contó que su familia era tan pobre que el último que había probado la carne había sido ella hace quince años en un glory hole.
El público le celebraba cada burrada y un joven rubio, obligado por sus compañeros de mesa, le dio un manotazo en el trasero al que ella respondió con un beso en los labios. El chico se puso rojo de tal manera que Roberta temió por su salud, se levantó y corrió sin parar hasta llegar a la salida mientras entre risas ella le gritaba:
-¡Corre! ¡Corre, Forrest, corre!
Quince minutos después, entre vítores, Roberta desaparecía del escenario.
Se duchó y se puso nuevamente su uniforme de guarda de seguridad.
Volvía a ser Roberto García.
Salió por la puerta de atrás, se topó con varias personas que habían estado en el espectáculo y ninguna lo reconoció, como tampoco lo reconocieron los compañeros del chiquillo del beso que esperaban a Roberta armados con palos. El rubio no estaba con ellos y en cierto modo eso le alivió. No quería pensar que había besado a un homofóbico.
Cuando llegó a la fábrica de conservas que cuidaba en el turno de las tres de la madrugada, le presentaron a su nuevo compañero: el mismo joven de la gata loca.
Carlos, que era como se llamaba aquel chico, no reconoció a Roberta Glamour en su colega.
Tras las presentaciones salieron a hacer la ronda y no habían caminado mucho cuando una enorme mole cruzó la calle.
Maricasauria, aún envuelta en plumas y lentejuelas, se dirigía a su hogar.
Carlos agarró una lata y se la lanzó con rabia.
-¡Maricón!
Agatha no estaba acostumbrada a quedarse callada y le soltó:
-¡Tu madre! -Luego echó a correr tan rápido como le permitían sus tacones.
El joven sacó su tonfa y salió a perseguirla. Roberto decidió que debía hacer algo, pero no sabía qué así que gritó:
-¡Corre! ¡Corre, Forrest, corre!
Carlos se frenó en seco y guardó su porra.
Sin decir una palabra volvió a su puesto procurando mantener cierta distancia de Roberto mientras mentalmente redactaba una solicitud de traslado.

lunes, 31 de agosto de 2015

El ángel

 Todo ocurrió una tarde cualquiera en un semáforo averiado cualquiera. Los vehículos protestaban en una algarabía de pitos e insultos mientras dos taxistas se culpaban mutuamente de un accidente y un policía tomaba apuntes frenéticos en una libretita.
Nadie se dio cuenta de en qué momento apareció, de repente estaba ahí sin más.
Cabello azabache, piernas larguísimas y pechos ingrávidos. Los vehículos dejaron de pitar y hasta los motores parecieron ronronear inquietos ante la presencia sobrenatural.
El policía seguía rayando la libreta sin mirar, el forcejeo entre los taxistas se convirtió en un abrazo acompañado de bocas babeantes, el mimo no pudo evitar exclamar “madre santa”, el abuelo Edgardo recuperó la erección perdida desde mil novecientos noventa y ocho, a dos niños les cambió la voz y hasta juraría que les empezó a salir pelo en la cara, los novios soltaban con disimulo las manos de sus novias y estas en lugar de enfadarse les palmeaban el hombro comprensivas.
“Hemos terminado” dijo Sandra a Daniel quien preguntó sin interés alguno si era porque él estaba mirando aquella extraordinaria aparición.
“No, es que ahora soy lesbiana” replicó ella apartándose.
Los integrantes del atasco se apiñaban en la esquina y un par de autos se redujeron a acordeones sin que sus dueños hicieran nada por evitarlo. Un médico que se dirigía a su casa sacó el fonendoscopio y se auscultó a sí mismo ante una evidente taquicardia. “A la mierda” dijo arrojando el cacharro al suelo y siguió mirando.
Alguien sacó el teléfono con la intención de tomar una foto y aquel ser etéreo se dio la vuelta.
“No te vayas” exclamaron todos en un único grito de sincronización perfecta.
“Yo voy contigo” dijo Daniel abandonando a Sandra quien lo golpeó con el bolso al grito de “Ella es mía hijo de puta”.
El abuelo Edgardo apuntaba a todos, ahora no sólo con su pene, sino también con su paraguas y lanzaba miradas belicosas como si nuevamente estuviera en la guerra de Corea; Vanessa, que había ensayado su femenina voz durante años ahora gritaba con tono de barítono que se alejaran de su chica, el mimo atacaba con una espada invisible hasta que un motociclista lo golpeó con un casco muy real, los ex-lampiños se intentaban sacar los ojos uno al otro y un novio del que nunca supimos el nombre arremetió contra todos usando como arma un tacón de su (ex)novia que rodó por el suelo cuando se lo quitaron.
El caos se abalanzó sobre la esquina hasta que un disparo se impuso por encima de los ruidos apocalípticos de la gresca.
“Quietos todos” gritó el policía con los ojos inyectados de deseo y con voz almibarada añadió “Señorita permítame escoltarla hasta...”.
No supimos a dónde la quería escoltar aquel infeliz, ella se había evaporado.
Todos miraron confundidos a su alrededor y uno que otro hasta buscó debajo de los autos. “Tal vez era un ángel” aventuró uno de los muchachos, que había recuperado la voz aflautada y perdido el vello corporal. “Debió ser eso” comentó Edgardo con el pene mustio.
En la pequeña casa azul justo frente al semáforo alguien había dado un furioso portazo. Esta vez no había podido dar ni diez pasos en la calle antes de que se desencadenara la locura.
Se quitó los zapatos dejando al descubierto unos pies delicados y al agarrarse para mantener el equilibrio se dio de frente con su reflejo, su maravilloso y deslumbrante reflejo.
Le arrojó enfadada un manolo al espejo y se sentó a llorar su maldición. Unas manos perfectas cubrieron su rostro de ángel y las lágrimas rodaron haciendo que se corriera el maquillaje con el que en vano había intentado afearse un poco para poder salir.


jueves, 25 de junio de 2015

El duelo

El duelo duró poco. Ahí estaba Jhon, la réplica más rápida del oeste... derrotado.
El ingenio escondido tras las cortinas, el sarcasmo homeopáticamente diluído, la mirada por el suelo y los brazos reflejando el revés sufrido incluso desde antes de empezar la lucha.
Su contrincante esperaba con la tranquilidad ufana de quien se sabe invencible. La claudicación era inminente y no tenía necesidad de forzar más las cosas.
El vapuleado recoge los fragmentos de su ego y frustrado recita las palabras que lapidarias confirman la rendición:
-Sí, mamá.


sábado, 13 de junio de 2015

La última vez

-Esta vez sí será la última- Roberto lo dijo con la misma convicción y voluntad con que lo había dicho las veces anteriores, y aunque algo en su interior le intentaba explicar que no se dejaba la droga pegándose un último viaje, salió a buscar la que sería su ruina; no una ruina metafórica de un ser que se consumía en la degeneración... bueno sí, esa también, pero la ruina que le preocupaba en ese momento era la  económica.
No le adelantarían más dinero del salario (era probable que más bien lo echaran) y ya no le quedaba nada que pudiera empeñar. Sabía muy bien que los pocos billetes arrugados que poseía los necesitaría para comer pero en ese momento debía calmar un hambre mucho más apremiante.
Tenía justo lo necesario para una visita al único lugar donde encontraría lo que buscaba, así que se fue corriendo a los brazos de su dulce veneno.
Sudoroso y agitado llegó a una puerta destartalada que se abrió antes de tocar.
- ¡My friend!- gritó un negro musculoso con acento inglés poco creíble.
-Hola Freddy. Quisiera...
-Sé qué es lo que quieres. Anda, siéntate.
A un negro de ese tamaño es imposible hacerle una descortesía así que se sentó.
El tal Freddy sacó un porro, lo encendió, le dio un par de caladas expertas y se lo tendió a Roberto quien decidió que después de todo la cortesía tenía un límite.
-Gracias pero quisiera cuanto antes...
-Mira Roberto... Jajaja, no hagas esa cara, sé tu nombre hace mucho... Mira, sé bien qué quieres. Siempre vienes a lo mismo.
Tienes gustos caros, amigo. Más de lo que puedes permitirte a juzgar por tu aspecto. No te ofendas, pero es así. También sé que has estado empeñando de todo para seguir viniendo y eso me preocupa.
-Disculpe pero...
-Sí, piensas que no es mi asunto; pero no eres el primero al que le ocurre y siempre acaban haciendo alguna estupidez. Así que es mi asunto porque la gente que hace estupideces acaba llamando la atención de gente que prefiero mantener con los ojos lejos de mi casa.
Pero me caes bien. Me han dicho que eres un buen tipo. Todo un caballero...
Mira, es mejor que te vayas y olvides que este sitio existe.
-Puedo pagar, no se preocupe.
-Tú dinero ya no sirve aquí. Nunca creí decir esto pero debes irte a otro lugar y buscar opciones más económicas.
-No lo entiende... no puedo ir a otro lado.
-Puedes, pero no quieres. Mira, voy a cerrar este tema de una forma muy generosa: Te regalo una última visita al paraíso. Esta será tu despedida y lo que hagas después no es mi problema, pero lo harás lejos de esta casa.
-¡No puede hacerme esto!
-Claro que puedo my friend. Aprovecha mi arrebato de generosidad y despídete porque mañana la enviaré a otro prostíbulo lejos de aquí.


domingo, 7 de junio de 2015

Lenguaje de signos

En realidad escribí este relato hace tantos años que no recordaba que existía. Me sorprendí al encontrarlo en un viejo hosting donde guardaba cosas y al tiempo me alegré, porque aunque soy un crítico feroz con mis propios relatos, este tiene algo que me gusta.
El lenguaje es bastante "español de España" porque lo hice cuando vivía del otro lado del charco.

Lenguaje de signos

Me esnifé la última rayita y me metí una pirula que no sabía exactamente de qué era. Salí de la habitación con un colocón que sólo una madre es incapaz de ver.
Me preguntó si quería desayunar y le dije que no. Me preguntó si iba a salir para algún lado y le dije que sí. Preguntó entonces dónde iba y en medio de la nube de coca que me envolvía no atiné a contestar nada coherente así que cambié mi respuesta anterior por un no. No iba para ningún lado.
No sé en qué momento sucedió, pero de repente me encontraba comiendo un desayuno que no había pedido.  Es lo que tienen las madres.
La gorda vecina del frente apareció en el salón con rostro preocupado. En realidad siempre tenía la cara como si le acabasen de dar un par de hostias.
Le pidió a mi madre que por favor fuese a buscar a su hija al colegio porque su madre (la de la gorda) se había puesto mala y debía ir a urgencias en seguida.
Mi vieja le dijo que ella tampoco podía ir porque tenía un compromiso ineludible y en ese momento supe, aunque mi madre no me hubiese ni mirado, que la había cagado al decir que no iba para ningún lugar. Intenté escapar disimuladamente pero era tarde, me encasquetaron el marrón a mí y a regañadientes acepté.
Cuando la vecina se largó, me cagué en todos sus muertos y le dije a mi madre que a mí no me metiera en sus follones.
Me dijo que le hiciese ese favor a la vecina; que la hija, esa pobre chica, era sorda y había que ir a buscarla. Pregunté si era sólo sorda o también idiota o paralítica, no podía entender cuál era el puto problema que le impedía regresar sola. Mi madre me miró mal y me dijo que tenía siete años.
Me harté de protestar y me dirigí a la dirección que me apuntó la vecina en un papel mugroso. Cuando llegué aún estaban en clase y me senté a esperar fuera.
La coca se me subía y el desayuno me estaba sentando mal. Los chicos empezaron salir en un silencio que me daba muy mal rollo y comencé a creer que también me había quedado sordo.
Todos usaban signos. Movían las manos en lo que a mí me parecían aspavientos absurdos y se reían con risas inaudibles. Cada vez más estudiantes, cada vez más signos.
Ahora no alcanzo a comprender los motivos, pero lo cierto es que empecé a sudar, esos chicos me ponían nervioso. Eran decenas moviendo las manos, tal vez conspirando para matarme delante de mis propias narices. ¿Ese no había hecho un signo que parecía una pistola?
Agarré una botella vacía que estaba a mi lado y me preparé para lo peor.
Miré la foto de carnet que me habían dado y busque a la niña entre los conspiradores pero no estaba ahí.
Una nueva manada de manos dialogantes cruzó la puerta del cole y de repente me vi rodeado de críos que parecían dar vueltas. Sus rostros se alargaban y encogían mientras sus risas mudas se transformaban en diabólicas muecas.
Las manos se movían; cientos de manos produciendo un sonido parecido al ronroneo de un motor bien afinado, un motor que sólo yo podía escuchar. Pronto el ronroneo se convirtió en un ruido atronador.
Los conspiradores intentaban volverme loco, sin duda era ese su plan. Las manos eran cada vez más amenazantes y su forma de moverse debía ser lo que los sordomudos llaman gritar. Me cubrí los oídos pero el ruido de esas manos taladraba mi cerebro. No aguanté más y les grité:
¡Cállense las putas manos de una vez!
Algunos me miraron durante un segundo y luego me ignoraron. Nuevos movimientos de mano celebraban que por fin había perdido la razón.
Sentí que alguien se aproximaba por mi espalda y sin mirar le aticé con la botella. En medio de la sangre distinguí la cara de la niña de la foto. Descubrí en su mirada que ella sí me conocía a mí de antes.

Solté lo que quedaba de la botella y corrí.

lunes, 18 de mayo de 2015

El viejo sapo

Sara despertó confundida y sus ojos enfocaron incrédulos un cielo estrellado. Sentía que estaba tumbada en el agua pero no tenía frío.
Levantó un poco la cabeza y se observó. Llevaba la misma blusa negra que recordaba haberse puesto en la mañana pero esos extraños pantalones azul verdoso no le eran familiares.
-Mierda, es mi piel- Estaba desnuda de cintura para abajo y su piel tenía un color extraño. Sus pies quedaban ocultos por el agua negra recubierta de una espuma sucia. Levantó una mano y la observó horrorizada y fascinada a la vez. Una membrana unía sus dedos que estaban teñidos del mismo tono alienígena.
Sacó sus pies del agua y confirmó que también tenían la misma membrana. Era como si llevara aletas de buceo.
-Parezco un sapo- En cuanto tuvo ese pensamiento sus recuerdos se activaron como si “sapo” fuera un interruptor.
Su jefe siempre le había producido asco con sus ojos saltones y su cuerpo rechoncho y verrugoso: El viejo sapo.
La paga era buena y no había mucho qué hacer en esa destartalada tienda de artículos esotéricos pero el viejo no paraba de mirarla de forma lasciva. Unos meses más hasta terminar la universidad y se largaría de ahí.
Lo último que lograba recordar era al viejo intentando besarla. La tienda cerrada, una excusa barata y ella había quedado atrapada con aquel anciano.
-¡Suélteme viejo asqueroso! Preferiría besar un sapo antes que a usted… uno real, quiero decir- se corrigió burlona.
-Eso puede arreglarse- contestó el viejo sonriendo con su boca enorme y desdentada.
Un movimiento rápido de sus dedos largos y unos polvos chocaron contra el rostro de Sara dejándola ciega y confundida.
Cuando despertó estaba desnuda  y el viejo intentaba quitarse los pantalones… o ponérselos (¡Dios, que se los esté quitando!). Le dio una patada y se levantó veloz. Se puso la blusa y miró a su alrededor buscando sus propios pantalones.
-Sucio vejestorio infeliz- Lo abofeteó con fuerza y corrió sin importarle ya dónde estaba el resto de su atuendo.
-¡Volverás muchacha, volverás suplicando a este viejo sapo!
No era una casa como tal. Era una especie de cueva de piedra aunque provista de electricidad y televisión por lo que pudo observar. No vio un teléfono.
Descendió por un túnel hasta llegar al agua negra y poco profunda. La misma en la que se encontraba ahora; esa asquerosa agua cubierta de espuma que parecía algún tipo de desecho industrial.
Corrió hasta que el cansancio la derrumbó y se quedó dormida en una orilla. Entonces despertó con la piel de aquel color enfermizo y membranas en pies y manos.
Tenía que volver donde aquel maldito viejo para saber qué le había ocurrido. Empezó a desandar lo recorrido consolándose en el hecho de que aún tenía cabello. Se cubría tímidamente su sexo con una mano avanzando casi a tientas por el hediondo pantano o lo que fuera aquello.
Era fácil encontrar el lugar porque una luz salía del túnel ascendente. A medida que avanzaba se hacía cada vez más cegadora, como si hubiera muerto y recorriera el estereotipado camino al más allá. Pero al final del túnel no le esperaban sus seres queridos, le esperaba el horror.
Al llegar arriba vio que la luz era una trampa eléctrica para insectos. La bandeja estaba llena de ellos y al verlos sintió asco y hambre a la vez. El viejo leía un libro mohoso.
-Te dije que volverías muchacha tonta. Seguro que ya no te parezco tan repugnante.
El viejo tenía el mismo color azul verdoso en su piel y las mismas membranas. De algún modo Sara supo que ese era su verdadero aspecto.
-¿Qué me hizo maldito viejo?- Le sorprendió escuchar esa voz de lija tan extraña y profunda y estuvo a punto de girarse para ver si alguien más había dicho lo que ella sólo había pensado.
-Estarás así durante un año. Me servirás, me cuidarás y serás mi mujer a todos los efectos. Si obedeces te devolveré tu aspecto.
-¿Y si no lo hago?
-Seguirás así idiota. No volverás a ser la misma mientras yo viva.
En la mirada del viejo Sara pudo ver que se arrepintió de las últimas palabras casi al mismo tiempo que las dijo.
-Eso puede arreglarse- Le devolvió la frase que él había usado y saltó con sus poderosas ancas desnudas (ancas, no había otra palabra). Esta vez estaba preparada y cuando el viejo quiso lanzar sus polvos ya sus manos membranosas lo habían sujetado con firmeza. Ella era mucho más fuerte y cayó sobre él apoyandose en cuclillas, con los pies de anfibio sobre el pecho viscoso del anciano.
Pensó con amarga ironía que su pubis desnudo estaba justo donde el viejo hubiera querido pero no se le veía nada contento. Todas sus extremidades estaban ocupadas pero no le hacían falta porque su lengua actuó antes de que lo pensara siquiera y se lanzó al rostro del viejo cubriéndolo como una ventosa gigantesca. Después de unos minutos el anciano sapo murió asfixiado.
Recorrió la estancia con tranquilidad hasta hallar sus pantalones. Mientras se los ponía notó que sus piernas iban adquiriendo un color normal. Sus pies y manos ya no tenían membranas.

Atravesó por última vez las aguas infectas sin ver el largo cordón gelatinoso lleno de huevos enormes.


martes, 12 de mayo de 2015

Regalo de amor

Nos amábamos tanto y nos conocíamos tan bien que de mutuo acuerdo aunque sin decirnos nada, decidimos darnos el uno al otro el mejor regalo que podíamos.
Nos dimos media vuelta y jamás nos buscamos.

miércoles, 6 de mayo de 2015

Mi reflejo en sus ojos

Llevo tres noches seguidas entrando a su habitación para observarla.
Soy consciente de que cada día paso más tiempo ahí; hechizado, perdido, condenado.
Su belleza no me deja sentir el hambre de tres noches sin cazar. Su hermoso cuello se asoma altivo y perfecto como burlándose de mi incapacidad para morderla.
Cuatrocientos años sin verme en un espejo y sin embargo hasta ahora no había echado en falta mi reflejo...  hasta hace tres noches.
No me atrevo a despertarla. No quiero que se horrorice ante la visión de mi carne muerta pero deseo deleitarme en esos ojos que imagino verdes y descubrir si un vampiro puede reflejarse en la mirada de la mujer que ama.
En un arrebato acerco mi mano a su cabello pero me detiene un intenso dolor.
No se cuánto llevo ya en la habitación pero los primeros rayos del sol empiezan a apoderarse de la estancia.
A medida que avanza el tiempo la claridad penetra más y más hasta que me veo acorralado en un pequeño rincón. Decido acabar de una vez con cuatrocientos años de sangre y soledad saltando a la luz frente a ella.
Mientras mi cuerpo es devorado por el sol, las campanas de una iglesia cercana repican despertando a mi bella durmiente que observa con más asombro que miedo cómo desaparezco.
Lo último que veo antes de dejar este mundo es el reflejo de mi rostro en sus ojos verdes.

martes, 5 de mayo de 2015

El caníbal y el descabezado

Por aquella época no había redes sociales y en el barrio ningún niño podía permitirse una computadora o una Nintendo así que pasaban el tiempo jugando fútbol y corriendo por el destartalado y enmontado parque del descabezado. 
En realidad ese no era su nombre pero alguien se llevó la placa de bronce de la estatua (Que ya había perdido la cabeza mucho antes) por lo que ningún niño sabía a quién representaba. Un día Jaime y Luis incluso llegaron a los golpes cuando el uno llamó idiota al otro por decir que era una estatua de la virgen pero con pantalones.
Eran tiempos de yoyo, trompo y cometas. Tiempos felices en general, y a pesar de la pobreza, un buen lugar para ser niño. 
Cuando dejó de soplar el viento de agosto se pusieron de moda las hondas. En realidad era un nombre incorrecto pero así se les conocía en esta región. Nada de resortera, cauchera o tirachinas como dirían los más internacionales. En ese entonces todos las llamaban hondas.
Los niños más habilidosos las hacían ellos mismos con madera y mangueras de las que se usaban para inyectarle suero a los enfermos; los más torpes recurrían a sus padres, pero todos tenían una y la habilidad para darle al objetivo determinaba su posición dentro del grupo.
Aquella mañana de domingo seis de los más traviesos y  mugrosos niños del barrio jugaban a golpear  latas desde unos diez metros, con más fallos que aciertos; cuando apareció el caníbal llevando una sniper 2000.
Andrés “Caníbal” Fernández tenía unos once años igual que  los demás pero un padre alcohólico, una madre prostituta y un tamaño propio de un quinceañero lo habían convertido en una amistad prohibida para cualquier otro niño de la zona. Niños que de todas maneras nunca habían mostrado interés en confraternizar con alguien que había destrozado a palos a tres chicos mucho más grandes que intentaron quitarle la merienda.
Bueno, no intentaron acercarse hasta que le vieron la sniper 2000.
Una sniper 2000 era el sueño de todo aficionado a lanzar piedras. Hecha en materiales diseñados por la nasa según la publicidad de los cómics, era perfectamente ergonómica, llevaba una culata ajustable que reposaba en tu antebrazo dando estabilidad al disparo y lanzaba piedras  a una velocidad y con una fuerza capaces de atravesar el metal (Bueno, eso también según la publicidad).
Cómo a un padre alcohólico y una madre prostituta se les ocurrió comprarle algo tan caro y peligroso a un niño apodado caníbal era todo un misterio.

Los niños enmudecidos observaban cómo el caníbal colocaba botellas sobre una banca y se acercaba a ellos contando los pasos. Cuando estaba a unos veinte metros decidió que era suficiente y montó su sniper con una piedra negra que sacó de su bolsillo. David, el más osado del grupo, dijo con voz temblorosa: 

      -Imposible, nadie le da a esa distancia.

El caníbal sorprendido de que alguien le hablara los miró con ojos enormes durante un segundo y luego fingiendo indiferencia replicó:

-         - Ayer lo hice varias veces.

Debieron tomar el hecho de que el caníbal no los asesinara como un permiso para acercarse porque tímidamente lo fueron rodeando para admirar mejor aquel portento de la tecnología espacial. La legendaria sniper 2000 en vivo y en directo.
Aunque fastidiado porque no lo dejaban disparar, el caníbal contestó a todas sus preguntas, tal vez por primera vez sintiendo que era un niño del barrio. Sin embargo su voz ronca y sus brazos enormes impedían que alguien se atreviera a pedirle permiso de tocar aquella cosa.
Un pájaro solitario de esos que llamaban tierrelitas se posó en lo que quedaba del cuello de la estatua, a unos diez metros de ellos.

-         - ¡Una  tierrela!  - Gritó David y rápidamente lanzó una piedra con su honda de madera pero pasó lejos del pájaro que no pareció percatarse de nada.
Todos los niños empezaron a lanzar piedras hacia la estatua y el pájaro totalmente ajeno al peligro movía su cabeza distraídamente. La lluvia de piedras cada vez pasaba más cerca del ave pero era también cada vez menos tupida. Los brazos se cansaban y aquel pajarraco parecía haber hecho un pacto con el diablo.
David agarró la última piedra que le quedaba y se acercó a unos cinco metros.
Estaba punto de disparar cuando la voz  del caníbal lo detuvo:

-          -Yo lo haré.

Se alejó un poco más quedando a unos doce metros de la estatua, colocó en posición la piedra negra que no había podido usar aun y estiró el brazo.  Apuntó cuidadosamente y cuando disparó todos escucharon el gemido del aire.
La piedra golpeó en el cuello de la estatua a pocos milímetros de las patas del ave que esta vez sí salió piando lejos de ahí. Había sido el que más cerca estuvo de darle, pero había fallado.
Los niños empezaron a reír con ganas y a rechiflar el fallo de la sniper 2000. Andrés los miró frunciendo el ceño y torciendo la boca en una mueca que les recordó a aquellos inconscientes que ese del que se estaban burlando era el caníbal Fernández.  David comentó de repente que su madre había hecho jugo de piña y todos corrieron apresuradamente en lo que si no era una huida se parecía mucho. 
El caníbal los observaba rabioso por las burlas y aun alcanzó a escuchar como alguno hacía comentarios sobre las pretensiones de darle a botellas a veinte metros cuando no había podido pegarle a un pájaro que estaba más cerca.
Los siguió observando, enfurecido por haber hecho el ridículo ante ellos, hasta que los perdió de vista. Entonces sacó algunas piedras del bolsillo y casi sin mirar destrozó en fracciones de segundos todas las botellas  que había colocado y que se encontraban a más de los veinte metros originales.
Se disponía a acercarse a la banca para colocar más botellas cuando el pájaro marrón volvió a posarse sobre el cuello del descabezado. Andrés agarró una piedra y le habló al pájaro.

-          -Por tu culpa quedé como un idiota.

Apuntó con cuidado y disparó. La piedra pegó nuevamente en el cuello de la estatua y el pájaro huyó una vez más.
El caníbal miró el suelo a su alrededor en busca de piedras aptas para su sniper 2000, recogió algunas con aires de entendido y cuando levantó la mirada el pájaro estaba nuevamente  en lo alto de la destartalada escultura.

-         - Pájaro imbécil. No debiste volver.

Nuevamente apuntó y nuevamente pegó en el cuello del descabezado. El pájaro voló hasta la copa de un árbol, fuera del alcance de cualquiera.

-          -Quédate allá tonto. No podré cuidarte todo el tiempo.

Recogió unas pocas piedras más y decidió regresar a su casa. Le dirigió una última mirada triste a los árboles y a la estatua.

-          -Acabarán matándolo, seguro.

jueves, 16 de abril de 2015

¿Puedo hablarle de Jesús?

El jefe llamó para decirnos que se sentía mal y que no iba a trabajar. Ante una situación así el segundo al mando debe sacar la casta, asumir el liderato y tomar decisiones que demuestren por qué ocupa el lugar que ocupa:
- Chicos y chicas, nos largamos; el pluma blanca no viene y no veo necesidad alguna de mirarles las putas caras hasta el lunes.
Una lluvia de folios tamaño carta vuela por los aires en una pueril celebración pero los miro ceñudo y se apresuran a recoger todo del suelo antes de partir peleándose la puerta de salida.
Muy maduro todo.
Regresé a casa caminando, como todos los días. Vivir a diez calles te da la oportunidad de estirar un poco las piernas y ahorrar combustible. Recuerdo que no llevé llaves y llamo a mi mujer cuando me faltan unos minutos para llegar. El timbre no funciona y ella pasa el día con los auriculares puestos (Eso o se los pone en cuanto me ve, las cosas no andan bien).
Tal vez le proponga almorzar fuera.
-Cielo, el dictador máximo está enfermo y hemos huído como ratas. En tres minutos estaré en el portal y no tengo llaves.
Ella dijo algo que no entendí y colgó. Un par de minutos después cruzo la última calle que me separa de casa y un loco en una Honda roja por poco me atropella. Quise gritarle algún insulto pero parecía el doble de grande que yo y decidí que era de buen cristiano saber perdonar. De todas maneras iba tan rápido que mientras hacía esas reflexiones ya había desaparecido de mi vista. Calculo que a esa velocidad ya debería estar llegando a los Urales.
En cuanto piso el tapete del portal oigo un zumbido y la puerta se abre al empujarla. ¡Cuánta eficiencia!
Cuando subo ella está en la ducha (O mejor dicho, ella corrió y se encerró en la ducha en cuanto abrió la puerta del departamento), yo me tiro en el sofá a ver las noticias.
La guapa presentadora apenas empezaba a tomar forma en la pantalla cuando suena el timbre.
Me asomo por la mirilla y veo a un desconocido con camisa y corbata que lleva un libro voluminoso en la mano.
¿Mormón, evangélico o testigo de Jehová? No lo sé y no me importa. Pero me gustaría saber quién es el idiota que les abre abajo,
Decido volver a mi sofá pero timbra de nuevo. Mejor lo despacho.
-Buenos días amigo ¿Puedo ayudarle en algo?
-Buenos días señor. He venido a hablarle de Jesús.
-Lo siento compa pero en esta casa somos... sintiempistas.
.¿Eh?
-Gente sin tiempo, amigo. Tenga usted buen día.
Le cierro la puerta riendo de mi estupidez y lo escucho gritar a todo pulmón.
-No me iré sin que me escuche. Es importante que sepa lo que tengo que decirle sobre Jesús.
El hombre calla por unos instantes mientras lo espío por la mirilla, Parece estar reflexionando sobre qué palabras usar. Abre nuevamente la boca y grita:
-¡Jesús tiene una moto roja! Viene a su casa en cuanto usted sale. Quiere todo lo suyo; ya tiene a su mujer y pronto tendrá sus bienes. Acabará con su buen nombre, lo llenará de deudas y mancillará su hogar hasta que se aburra. Como me hizo a mí.
Detrás mío una pálida versión de mi mujer escucha sentada en el sofá y cuando me giro se pone apresuradamente los auriculares.
Durante un par de minutos el hombrecillo aquel se queda parado sin decir nada y finalmente se va.
Sigo mirando como un idiota el pasillo vacío durante un rato y cuando logro reaccionar voy a la nevera y busco una cerveza.
Me siento en el sofá y le quitó un auricular a mi esposa. Ella me mira y le pregunto:
-¿Conoces a Jesús?


miércoles, 15 de abril de 2015

Mi querida Haydée

Desgraciadamente regreso después de tantos días sin publicar, no para traer un nuevo relato sino para llorar la pérdida de mi querida maestra Haydée Guzmán.
Mi querida Haydéé que tantas palabras me corrigió, que tanto me enseñó y que tanto me aconsejó sobre la literatura, sobre el amor y sobre la vida misma (Creo que para ella las tres eran una misma cosa); sólo hay un homenaje que puedo hacerle y es seguir escribiendo.

Hasta siempre querida.


lunes, 6 de abril de 2015

Tal vez...

Tal vez no existía.
Tal vez existía y nunca la encontré.
Tal vez la encontré y no la vi.
Tal vez la vi y ella no me vio.
Tal vez me vio y no le interesó lo que vio.
Tal vez ambos nos vimos y desechamos la idea por absurda.

sábado, 28 de marzo de 2015

Manchas de sangre

Cuando desperté la cama estaba llena de sangre y había un cuchillo sobre la mesa de noche.  Mi primer pensamiento fue que alguien había hecho daño a Ángela y durante un par de segundos mis latidos se detuvieron, pero recordé que estaría en casa de su madre hasta el jueves y mi cerebro dio la orden a mi corazón para que éste siguiera funcionando.
Me senté en el borde de la cama, del lado manchado, y el desagradable sonido que hicieron las sábanas empapadas estuvo a punto de hacerme vomitar. Me dio más asco que la visión de toda aquella sangre. Me puse de pie y revisé mi cuerpo desnudo aunque estaba claro que no podía ser mía. Nadie podría tener una hemorragia de ese tamaño y seguir vivo. Mis manos estaban rojas y tenía algunas salpicaduras en el pecho.
Me obligué a observar detenidamente la escena dantesca que me rodeaba, en busca de pistas.
La sangre encharcaba todo el lado izquierdo de la cama y el piso de madera.
-Donde duerme Ángela- pensé con incomodidad. No había rastros que me hicieran pensar que la víctima (¿Mi víctima?) hubiera salido por la puerta o la ventana pero aún así me asomé por ambas. El pasillo estaba impecable y la ventana daba a un tercer piso; en la acera una pareja se besaba sin hacer caso a la persistente llovizna.
Me quedé bajo la ducha observando el agua teñida que se iba por el desagüe y tras un tiempo que no podría determinar me puse una bata sin haberme secado antes.
Encendí un cigarrillo y volví a mirar la habitación. No podía quitarme de la cabeza que de ese lado dormía Ángela. Saqué mi teléfono del cajón pero no la llamé.
¿Qué iba a decirle, que sólo llamaba para saber si estaba viva?
Tenía que averiguar qué había ocurrido.  De mi lado de la cama había una botella vacía de vodka que seguramente explicaba mi incapacidad de recordar.
¿Y si el vodka me convirtió en asesino?
Traté de rebobinar pero no había nada en mi cabeza más allá del martes cuando despedí a mi mujer con un beso y le aseguré que no saldría de casa. Haría una súper maratón de “How i meet your mother”.
El teléfono vibró en el bolsillo de la bata y corrí asustado hasta donde había dejado el cuchillo. Cuando logré tranquilizarme revisé mis mensajes.
“Acabo de llegar, me había dejado el teléfono. Parece muy real maldito psicópata jajaja”
Deslicé la pantalla para ver qué había más arriba de todos los smileys que acompañaban el mensaje de Ralph: Era yo en un grotesco selfie, con mucha más sangre en mi torso y mi cara que cuando desperté, lamiendo las gotas que caían del cuchillo; al fondo se veía el armario entreabierto.
No me había fijado pero sí había un rastro en la habitación. Uno que se detenía frente al armario en el que podía verse la huella roja de mi mano. La puerta estaba bien cerrada ahora.

Miré nuevamente la foto y esta vez sí vomité. Había sido enviada a la una de la mañana del día sábado.
Marqué el número de Ángela y su tono de llamada empezó a brotar del armario.

lunes, 9 de marzo de 2015

Fracaso

He logrado un delicioso nivel de fracaso tan contundente que terminé por hacerme inmune a la derrota. Cualquier nimiedad se ha convertido en un logro y me quedo satisfecho fácilmente.
A nadie desilusiono porque nadie espera nada y consecuencia de eso, nadie sufre por mi culpa.
¡Si hubiera sabido que fracasar produce tanta calma y tanta felicidad habría comenzado a estrellarme contra el mundo mucho antes!

domingo, 1 de marzo de 2015

Perversiones ocultas

La puerta se abre de forma tan violenta que Roberto sólo alcanza a gritar con el rostro mucho más pálido de lo habitual. Junto al pestillo que cuelga inútil aparece un rostro colorado por la ira.
El padre de Roberto tartamudea furioso:
-¡Lo sabía, pervertido! ¡Esas demoras en el baño!
-¡No es lo que crees papá!
-¿No es lo que creo? ¿Te atreves a decirme que no es lo que creo?
El padre de Roberto lanza una zarpa a velocidades impropias para alguien de su edad y gordura, arrebata la revista Penthouse a su hijo y lo golpea en el rostro con ella, todo en un solo movimiento que el ojo humano no es capaz de captar. Al menos no el ojo del pobre Roberto.
Roberto observa nervioso como su padre abre la revista por las páginas centrales y saca con gesto triunfal un librito. 
-¡Degenerado, maricón asqueroso!
Una nueva tanda de golpes cae sobre el chico que llora explicaciones, mientras intenta recuperar los veinte poemas de amor de Neruda.

jueves, 26 de febrero de 2015

Los afortunados

LOS AFORTUNADOS

Somos los afortunados.
Los que no escuchamos nada.
Los que no lo vimos llegar.
Los que no tuvimos tiempo ni de preguntar qué demonios fue eso.

Somos los afortunados.
Puñados de cenizas llevados por el viento.
Los que no nos quedamos en el mundo arrastrando un cuerpo mutilado.
Los que no saboreamos la agonía.
Los que no dejamos una tumba sobre la cual llorar sin poder pasar página.

Somos los afortunados.
Los que no tuvimos tiempo de arrepentirnos.
Los que no escuchamos sermones sobre nuestras almas sucias.
Los que no nos quedamos esperando un salvador.

Somos los afortunados.
Los que ya aprendimos que no hay nada más allá, porque no hay más allá.
Los que descubrimos que es un solo strike y estás fuera.
Los que nunca escribimos esto que tú no estás leyendo.

martes, 24 de febrero de 2015

Aguacates



A Carlos se le ha terminado la cerveza y le grita a María que corre asustada. Su ojo izquierdo amoratado explica porque está tan nerviosa.
Diez años de matrimonio y un par de costillas rotas le han enseñado a ser lo que Carlos llama una buena esposa.
El grito de Carlos no contiene información alguna pero tampoco hace falta, María lleva una cerveza en la mano derecha y un vaso limpio, recién sacado del congelador, en la izquierda.
Carlos agarra botella y vaso sin dar las gracias. De todas maneras ella tampoco esperaba que lo hiciera.
María se sienta cerca de Carlos pensando cómo decirle que hace falta ir al supermercado. Por un lado Carlos ha bebido mucho y a ella no le hace gracia que la lleve en ese estado (No sería la primera vez que Carlos se duerma al volante y lo despierte un muro), pero por otro lado que llegue la hora de la cena y no haya nada listo es algo que le produce más miedo que un accidente de tránsito.
Carlos ve “¿Quién quiere ser millonario?” y está hecho un erudito.
– ¿Sabes cuál es el origen de la palabra aguacate?
El rostro de María se ilumina por un segundo. La charla insustancial es lo más parecido al afecto que Carlos le da. Con el tiempo, frases como “¡Qué calor hace!” y “No veo la hora de que sea comienzos de mes”, se han convertido para María en “Gracias por la cerveza” y “Te quiero”.
No sabe el origen de la palabra aguacate, pero no quiere perder la oportunidad de ser tratada durante unos segundos como una persona así que aventura:
– ¿Será algo de agua no?
Carlos unos segundos antes ignoraba la respuesta, acaba de verla en el concurso pero le contesta como si lo hubiera sabido siempre y María fuera una pobre ignorante.
– Viene de “ahuacatl” y significa testículo.
María ríe. Supone que para él es una gracia y que espera que ella se la festeje. Este podría ser un buen momento para decirle lo de la compra.
– Hay que ir al súper, ya se acabó la comida.
– ¡Mierda! ¡No puedes ser más inútil! ¿Te parece qué el puto calor que hace fuera es como para salir de compras?
– Puedo ir yo sola si …
– ¿Estás loca? No te soltaré el auto, espera que me arregle un poco. Será estúpida la…
María sabe que conduce mejor que él, pero no dice nada. Sigue en silencio cuando sale de casa entre insultos y sigue en silencio incluso cuando desde el auto Carlos grita obscenidades a una vecina de 16 años. María sólo rompe su silencio en el supermercado para decir:
– ¿Puedes por favor coger unos aguacates mientras hago cola en la carnicería?
Carlos está sorprendido por lo que considera una osadía, la mira con desprecio y contesta entre dientes:
– ¿Me has visto cara de verdulera? Escoger aguacates es una de las pocas cosas en las que un hombre se fiaría de tu criterio, así que no la desaproveches.
María descubre los aguacates a pocos pasos de Carlos, escoge unos pocos y vuelve a la cola.
– ¿Ves como podías tú solita? Tu momento estelar y estuviste a punto de desperdiciarlo.
María guarda silencio nuevamente, esta vez durante el resto del día.
Debían ser las cuatro de la mañana cuando un suave peso sobre el cuerpo y un extraño cosquilleo despiertan a Carlos. Sus ojos se acostumbran rápidamente a la oscuridad y distingue la silueta de su mujer sobre él.
¿Querrá follar a estas horas la muy puta? se pregunta sin terminar de despertarse.
Su mujer, o más bien esa sombra que parece ser ella, alza la mano y Carlos ve el resplandor de la hoja de un cuchillo.
Es todo lo que necesita para despejarse del todo. Se intenta levantar y descubre que está atado.
– ¿Te has vuelto loca? ¿Pero qué demonios crees que haces zorra?
María mueve el cuchillo por el pecho de Carlos, despacio, cada vez más abajo. Cuando Carlos siente que el cuchillo acaricia su prominente barriga y sigue bajando, deja escapar a la vez la orina y un grito de furia y miedo.
– ¿Qué demonios te propones maldita loca?
– Tranquilo, no pasa nada. Sólo voy a llevarme un par de aguacates. Será mi momento estelar.

sábado, 21 de febrero de 2015

Bajo el puente

La rubia  dejó su mochila de camping en el suelo y exclamó con su español de acento teutón:
-Al menos el puente es bonito y parece nuevo, no creo que me caiga encima.
-Tranquila, fue construido en 1991 lo que es más bien reciente para un puente.
Una vez repuesta del susto y acostumbrada a la penumbra, echó un vistazo al propietario de la voz y se dio cuenta que no debía tener más de cuarenta. Aunque harapiento iba aceptablemente limpio.
-Hola, amigo, no lo había visto. Me asaltaron y hasta mañana no me envían dinero mis padres. Pensé guarecerme aquí esta noche pero veo que está ocupado.
-Mi puente es tu puente. No creo que nadie más venga esta noche y tengo un sandwich extra.
Arrojó a la chica un paquete de papel aluminio y sacó otro más para él.
-Mi nombre es Margareth. Y usted es...
-Leopoldo Villamizar, a su servicio- Respondió sonriendo y haciendo una reverencia que ella encontró graciosa.
-¿Cómo sabe que el puente es del 91?
-Ya se lo dije: Es mi puente, lo inauguré en 1991. La idea (Y admito que no me resultó del todo) era combinar recursos arquitéctonicos que habían caído en desuso desde el siglo XIX con materiales modernos como el acero y el vidrio templado. No es mi mejor obra, pero no está del todo mal y protege de la lluvia.
-¿Ustes es el arquitecto, ingeniero o lo que sea, que hizo este puente?
-Las dos cosas, arquitecto e ingeniero. Y si hubiera podido habría sido hasta el que mezclaba concreto.
La historia que siguió a continuación era propia de ese Macondo que Margareth buscaba sin éxito en su recorrido por Colombia. Una historia de triunfos y fracasos, de pecados y penitencias, de ascensos y caídas.
Cuando Leopoldo terminó, Margareth lloraba. Entonces fue el turno de su historia.
La de ella era mucho menos impresionante: Niña rica se larga de paseo con una mochila al hombro, es asaltada y acaba bajo un puente esperando que papi mande más dinero.
Lo más interesante que le había pasado hasta ese momento había sido terminar ahí, escuchando encandilada una historia asombrosa. Lo más alucinante de su vida había sido acostarse con un indigente bajo el puente que él había diseñado en tiempos mejores.
A la mañana siguiente se levantó de puntillas, recogió sus escasas pertenencias y se fue sin despertar al arquitecto venido a menos.
Leopoldo Villamizar fingió no verla partir y continuó con los ojos cerrados hasta que alguien lo pateó suavemente.
-¡Mucho hijueputa parce! ¡Se comió a la gringuita jajaja! No me diga que le contó la historia del arquitecto. Quién iba a pensar que esa güevonada sirviera para conseguir hembras.
-Ya ves, no es la primera.
-¿Carlos pero cómo carajos no se dan cuenta que todas esas maricadas del puente las leyó en la placa que está ahí mismo?

sábado, 14 de febrero de 2015

Evocando a Eva

No veía a Eva desde mis dieciséis años. Por aquel entonces ella tenía treinta y dos, una curvas de infarto y el monopolio de las pajas del colegio.
No había un adolescente en el pueblo que no se hubiera pasado horas encerrado en el baño o en su cuarto masturbándose a la salud de Eva hasta sentir que moriría deshidratado.
Bueno, tal vez no Brian porque era su hijo, aunque lo pillé idiotizado en más de una ocasión viendo el firme trasero de su madre.
Especulaciones edípicas aparte, Eva era también la dueña de todas la charlas de aquella época. Creo que buena culpa de la injusta fama de homosexual que tenía yo en esos años se debía a esas conversaciones. Todos se lanzaban entre risotadas, gestos obscenos y onomatopeyas, a describir qué le harían a Eva, por qué agujero se lo harían y cuántas veces. Yo intentaba sonreír y buscaba incómodo una excusa para cambiar de tema, lo que unido a que no tenía novia, levantaba suspicacias.
Pero no era eso, era que estaba celoso. Yo no deseaba a Eva simplemente, yo amaba a Eva y quería matarlos a todos con mis manos por tocarla aunque fuera en sus mentes sucias.
"Tal vez está enamorado de tu mamá, Brian". No recuerdo quién lo dijo pero todos rieron como si se tratara de algo absurdo. Hasta Brian descartó la idea entre carcajadas.
" A lo mejor me estoy comiendo a tu mamá, Brian", dije fastidiado y todos menos Brian echaron a reír ante la inconcebible idea.
Con el tiempo tuve que largarme del pueblo para estudiar. Cuando me despedí de Brian, su madre con los ojos un poco húmedos me abrazó y durante unos segundos sostuve mi cabeza febril entre sus tetas enormes y duras.
Cuídese mijito, fue todo lo que dijo mientras con disimulo yo bajaba un poco mis manos al soltar el abrazo, para fugazmente rozar su culo.
Regresé con treinta años y un divorcio encima. Mientras los albañiles restauraban mi antigua casa yo me pasaba las horas en la plaza, bajo un almendro que a veces me bombardeaba con pedradas vegetales, con una cerveza en la mano, viendo el culo de Eva menearse entre las mesas de su puesto de comidas rápidas.
Sus shorts seguían dejando ver mucha carne, pero ya no se veía tan fresca como antes. Sus tetas enormes ya no eran igual de firmes pero el escote seguía siendo generoso. 
Los más viejos seguían revoloteando a Eva, pero los adolescentes, por lo que he escuchado, ahora inspiran sus pajas en una rubia profesora de inglés.
Sólo yo seguía pensando que Eva era la mujer más bella del pueblo, porque yo no la miraba. Yo a Eva la evocaba.
Cuando todos se marcharon y el local cerró, Eva se retiró a su apartamento en la planta de arriba. Ahí vivía sola desde que Brian se casó. Todas las noches dejaba la puerta sin seguro para que el abogado del pueblo, antes conocido como el marica del pueblo, subiera a recordar viejos tiempos.
Porque a mis dieciséis no fantaseaba con Eva. Yo le hacía el amor a Eva.

miércoles, 11 de febrero de 2015

Pensamiento positivo

Se repite una y otra vez que todo está bien, pero no logra convencerse.
Nada está bien.
Al demonio el pensamiento positivo. Decir que no está en la mierda no hará que apeste menos.
Decir que le espera una luz al final no hará que lo vea más claro.
Rumia su amargura cansado del buen rollo fingido, maldice su estampa y reniega de todo.
Se sumerge en su mierda hasta acostumbrarse al olor.
Sólo entonces empieza a sentir que todo va mejor, o por lo menos que podría estar peor.
Y sonríe.

Luchar contra los dioses

No puedo luchar contra los dioses. 
Lanzar golpes al aire y vanos desafíos
a seres invisibles,
seres inexistentes.
¿Qué me importa a qué dios adoras
siempre que yo pueda adorarte a ti?
Soy el sucio hereje,
el incrédulo, el que arderá en el infierno.
Te preocupa que nos separe la otra vida
y abres una brecha que nos separa en esta.

sábado, 7 de febrero de 2015

Las reglas del juego

Alejo lentamente mi boca de tus glúteos, con desgana, sólo el tiempo necesario para ver la leve marca de mis dientes y desear muy en el fondo que cuando vuelvas a casa tu marido la note.
Pero no, eso no ocurrirá. Él no suele fijarse en tu cuerpo como yo. Es por eso que estás aquí.
Mi lengua recorre lentamente tu espalda, sin prisas. Cuando llego a tu nuca ya estoy dentro de ti.
Te muerdes los labios, tu cuerpo se arquea levemente y mi mano aprovecha para apoderarse de tu pecho.
Suspiras y yo aumento la velocidad, nadie conoce tu ritmo como yo. Ya no es el fino ballet de unos minutos atrás, ahora es un salvaje rock de voces guturales y baterías vertiginosas. Tú gimes, la cama gime, mi brazo arranca la cabecera empotrada a la pared y busco en el borde de la cama un nuevo asidero para embestir con fuerza, como te gusta.
Tu grito y el mío se funden en uno solo, el chirriar de la cama de la habitación de al lado se detiene. Nuestro final épico ha captado la atención de los otros inquilinos ocasionales del motel.
Me desplomo sobre tu cuerpo,  sin soltar tu pecho, sin salir de ti. Mis labios mordisquean tu oreja y entonces sin pensarlo disparo a quemarropa: Te amo.
Por un segundo me miras incrédula, esperando haber oído mal. Mis ojos te confirman que he violado las reglas del juego.
"Imbécil" me gritas mientras te vistes. "Todo era perfecto y la cagaste", ruges mientras me arrojas a la cara mi ropa interior. Mi boca esboza un débil intento de disculpa y trato de poner mi cara de tipo duro e indiferente pero no me sale.
Me pides que no vuelva a llamarte y para mi confusión, las lágrimas se te escapan mientras dando un portazo, también escapas tú.

sábado, 31 de enero de 2015

Te engañé (Y volveré a hacerlo)


Te engañé. Durante las últimas dos semanas ha habido alguien más en mi vida. Ahora ya sabes qué hacía cuando me perdía de tu vista.
Te he sido infiel y debo decir que no me arrepiento, que lo hice una vez, me gustó y seguí haciéndolo…y seguiré haciéndolo, mejor dicho.
Sin pudor alguno te diré que fue tu culpa. Haz memoria y recordarás como hace dos semanas te largaste toda una noche dejándome solo. Tú no estabas y él sí (He dicho él, no escuchaste mal. Cambia esa cara). Te equivocas si crees que te estoy pidiendo perdón, nada más lejos. Sólo he querido dejar las cosas claras, y ya que siempre te la has dado de muy moderna, informarte que de ahora en adelante tendrás que aprender a convivir con ellos. ¡Sí, ellos! Me gustó y he decidido probar con más. Siempre volveré a ti a pasar el rato, pero me veré con ellos una y otra vez sin que puedas hacer nada por impedirlo.
¿No te gusta? Pues no haberme dejado solo aquella noche, internet. Ahora tendrás que soportar a los libros que entraron en mi vida.

domingo, 25 de enero de 2015

El camino de las plantas canívoras

Domingo, cinco de la mañana. Salí arrastrando mis pies mientras intentaba mantener los ojos abiertos. Turno de día en el centro comercial a una hora de mi casa. 
Miro bostezante a todos lados y no veo rastro alguno de buses o colectivos. No hay ni un miserable taxi y mi expediente no soporta otra llegada tarde. Justo hoy el hijo de puta Ospino está como coordinador. 
De repente en la lejanía, como en un viejo capítulo de capitán Centella, aparece Charlie con su pulsar 220. Esa es su consentida, el amor de sus amores. Nadie ha querido jamás a nadie como ama aquel hombre a su moto. 
-¡CHARLIEEEEE!  
Charlie detiene su vehículo y me ve del otro lado de la circunvalación. Me hace una seña con la mano y yo agito el brazo indicándole que quiero que se acerque. 
Charlie sube la moto por el puente peatonal y se pone a mi lado en pocos segundos. 
-¿Qué más compa? ¿Uniformado un domingo a esta hora? ¡No seas tan marica! 
-Me tocó trabajar. Ya sabes que no todos somos unos Rockefeller como tú.  
Seguimos hablando un par de minutos. Charlie venía de una fiesta y no había bebido porque en primer lugar debía conducir su moto y en segundo lugar quería tirarse a una chica famosa por volverse de fácil acceso tras beber. Debió haberlo logrado porque se le veía contento. 
-Charlie compadre, necesito un favor tuyo. 
-Sabía que no me llamaste para saludar. Plata no tengo, te la canto de una. 
-No es eso. Es que no consigo transporte y no quiero llegar tarde. Tengo dos llamados de atención por llegar con retraso al puesto. 
-Ok, compa. En moto vamos sobrados de tiempo, dame un minuto que vaya a casa por el otro casco y salimos. 
-Listo mijito, le debo una. 
Cinco minutos después Charlie había regresado. 
-¡Mierda Charlie! No me puedo poner eso. 
-¿Qué tiene de malo? 
-¡Que es rosado gran pendejo! 
-¿Y? 
-¿Cómo que “y”? ¿Sabes lo que va a pasar si nos ve alguno del barrio juntos en una moto y uno de nosotros llevando un casco rosado? 
-Pues si no es con ese no hay de otra. Es el único que tengo y lo escogió mi novia porque sólo lo suelo usar para llevarla a ella. Te estás portando de una forma muy inmadura, viejito. 
-Usa tú ese entonces. 
-¿Te crees que soy marica? No me pongo esa mierda ni loco. Mi moto, mis reglas. Ponte esa cosa y vámonos. 
A regañadientes me puse el casco rosa y me subí a la moto tratando de dejar la mayor separación posible entre Charlie y yo. 
El casco no tenía visera lo que incomodaba doblemente porque la brisa me escocía en los ojos y no podía ocultarme de conocidos que vinieran regresando de alguna rumba. 
Lo del casco rosa en realidad personalmente me parecía una estupidez, pero estaba rodeado de vecinos idiotas y amigos que pasaban los treinta y seguían siendo adolescentes retrasados. No quería darles munición para joderme durante los próximos noventa años. 
Aún pensaba en todo eso cuando Charlie detuvo la pulsar. Había un atasco gigantesco e inusual a esas horas. Seguramente un accidente más adelante. 
-Tranquilo parcero que conozco un atajo. 
Le dije que sí distraído y Charlie se subió a la acera. Al llegar a la esquina se metió en contravía y salimos a un lugar en el que dominaba el verde. 
-¡Marica qué hiciste, son las plantas carnívoras! 
-¿Quieres llegar o no? 
-Sí, pero si nos ven nos la montan hasta el fin de nuestros días. 
La calle en la que estábamos, era la zona de los moteles. Todas las fachadas estaban ocultas tras una tupida vegetación. Laureles en su mayoría. 
Las parejas pasaban disimulando y desaparecían tras las plantas que en la ciudad acabamos por llamar carnívoras por la forma en que engullían tortolitos. 
Llegamos al otro extremo del camino de las plantas carnívoras y Charlie me llamó pendejo paranoico. Empecé a reírme de mí y el pito de un auto me hizo ahogar la carcajada. 
Ya estábamos de nuevo en la circunvalación y un destartalado Sprint verde nos saludaba mientras un gordo con la cara llena de granos se asomaba por la ventana grabando con el teléfono. 
-Hola parejita. 
-Gordo hijueputa. 
-Que lindo: Dos amigos descubren el amor. 
-Vaya a que lo rompan. 
-Roto vienes tú jajaja. Cuenten dónde estaban ¿Paraíso griego? ¿Las mil una noches? ¿Valhalla del amor? 
No alcancé a ver quién conducía pero escuché su voz. Era el flaco Anaya. Con ellos dos chicas del barrio que sonrojadas miraban hacia el suelo tal vez creyéndose las bromas de los dos idiotas esos. 
-¿Gordo, cuál es el papá y cuál la mamá?- Preguntó el flaco. 
-¿Cuál va a ser? El muerde almohadas es el del casco rosa, eso fijo. 
Me quité el casco y se lo arrojé al gordo a la cara. Su nariz empezó a sangrar y Anaya temeroso alejó el sprint. 
-¡Marica, el casco!- Rugió Charlie pero no se detuvo, tal vez asustado por la cara del gordo. 
Avanzamos unos pocos metros y caímos directos a un retén policial. Nos detuvieron porque yo no llevaba casco y al requisarnos le encontraron algunos gramos de coca a Charlie. 
Definitivamente no llegaría a tiempo al centro comercial. Charlie estaba demasiado abatido para culparme a mí pero lo escuché todo el camino a la estación murmurar: 
-Todo por el puto casco rosado.