miércoles, 26 de noviembre de 2014

Cuando el infierno se enfríe

Cecilia era la mujer más linda de la región y nadie en su sano juicio sería capaz de discutirlo. Hasta las envidiosas del pueblo coincidían en eso.
Su belleza era casi legendaria y pretendientes nunca le faltaron, aunque ella pensaba que el príncipe azul debía estar muy lejos de los polvorientos límites del pueblo y que tal vez podía encontrar algo mejor que un pobretón de cara bonita.
Pablo, desde luego, no poseía una belleza legendaria, pero tenía suficiente atractivo como para provocar algún suspiro.
Era técnico en electrónica pero reparaba cualquier cosa que pusieran en sus manos, se tratara de un mueble de madera o un reloj cucú.
¿Serían suficientes esas cualidades para conquistar a Cecilia? No lo sabía, pero estaba decidido a averiguarlo esa misma tarde.
Se aplicó generosamente el perfume que compró porque en una ocasión le escuchó decir a ella, en la botica, que era a ese perfume que debía oler un verdadero hombre.
Peinó lo mejor que pudo el caos azabache que envolvía su cabeza y salió a la calle después de darse ánimos frente al espejo durante una hora.
Apareció, tal como tenía cronometrado, justo cuando Cecilia regresaba de sus clases de piano. Saludó con simpatía haciendo una graciosa floritura con el sombrero que se compró sólo para poder hacer frente a ella ese ensayadísimo movimiento.
Cecilia contestó con un frío "Buenos días" que más parecía gruñido que saludo. Pablo sin amilanarse la siguió calle abajo aunque ella ignoró el brazo que le tendían.
-Me preguntaba señorita Cecilia si la inclemencia de este sol tropical no despertaba en usted por casualidad la imperiosa necesidad de disfrutar un helado.
Un seco "no" contestó a la pomposa invitación y Pablo, inmune al desánimo, contraatacó:
-He notado que el hermoso reloj de péndulo que adorna su sala está detenido. Si gusta podría yo repararlo en un santiamén no pidiendo otra cosa como recompensa que unos minutos de su entretenida charla.
Otro "no" glacial escapó de la boca de Cecilia quien había llegado ya a su portal y se despidió con un lapidario "Tenga usted buen día".
Pablo, vacunado por la vida contra los desplantes se lanzó de nuevo:
-¿Podría esperar aquí hasta que salga nuevamente? Tal vez para ese entonces le apetezca un helado.
Cecilia señaló la frontera que separaba el andén de las baldosas rojas de su estrecha terraza y contestó:
-A partir de ese punto es zona pública. Puede hacer usted lo que le dé la gana.
No volvió a salir el resto del día. De vez en cuando se asomaba a la ventana pero el insoportable Pablo estaba ahí.
Terminó por dormirse y olvidar los pormenores del día.
A la mañana siguiente se llevó un susto al salir y ver a Pablo reparando una radio y a tres personas haciendo cola con cachivaches.
-¿Le apetece un helado, señorita Cecilia?
-Cuando el infierno se enfríe- Contestó furiosa.
Al regresar encontró varias chiquillas en la cola de clientes. Lucían risas tontas y cargaban artilugios a los que, estaba segura, no les fallaba absolutamente nada.
Deseó romperles la sonrisa a ver si Pablo se las reparaba, pero entró a casa sin decir ni hacer nada.
Esa noche una guitarra y una voz afinada interpretaron un bolero bajo su ventana. Un par de vecinas suspiraron, pero no Cecilia.
Cecilia llenó de agua la olla más grande que pudo cargar y lanzó el contenido por el balcón. Pablo siguió tocando la guitarra y cantando más fuerte para sofocar los insultos de las vecinas contra su amada que sorprendida,  miraba oculta  entre las cortinas floreadas.
Bajo un gigantesco paraguas multicolor, Pablo rasgaba la guitarra mientras le ofrecía un helado nocturno.
Con el tiempo los hombres dieron a Cecilia por caso perdido. Algo similar pasó con Pablo que siempre tuvo una buena clientela pero que ya no era visitado por las solteras excepto cuando realmente se les dañaba algo.
La vida en el pueblo siguió su rumbo. El cura huyó de unos padres enfurecidos, el alcalde terminó preso por malversación y Cecilia rechazó miles de helados mientras Pablo reparaba cosas anhelando que ella diera su brazo a torcer o el infierno se enfriara.  Lo que ocurriera primero.
No hubo que esperar un cambio climático en el averno para que Cecilia se vistiera de novia, aunque sí mucho tiempo. Exactamente doce años.
El novio esperaba en la iglesia y Cecilia, fiel a su estilo, se hizo esperar. Salió vestida de blanco, radiante y del brazo de su padre. Nadie en su cuadra se le acercó a felicitarla y de hecho los pocos que estaban observando cerraron las cortinas con desaprobación.
Antes de subir al lujoso auto engalanado de flores, Cecilia depósito en el andén un vaso de helado. El último homenaje al hombre que murió bajo su balcón con una guitarra en la mano.
Durante el último año siempre hubo bajo el solitario paraguas multicolor un helado. El sabor variaba porque Cecilia nunca tuvo oportunidad de preguntarle cuando estaba vivo, qué sabor prefería. O tuvo mil oportunidades, pero no lo hizo.
Cecilia aprendió una lección de Pablo, pero no la que él quería: Cecilia aprendió a esperar. Si Pablo podía esperar por ella, ella podría esperar por su príncipe.

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